Todo aquel que fue bautizado en el nombre de las Tres Divinas Personas tiene fe en Jesús, Hijo de Dios, y celebra su Pasión, su muerte y su Resurrección, a través de la oración y la meditación llega, por gracia del mismo Dios, a una síntesis del misterio cristiano. La razón es muy sencilla, la única explicación posible: el Dios en quien yo creo y en quien confío, es un Dios que ama. Todo lo que ha hecho por la humanidad, por mí, por cada uno de nosotros, se resume así: Es su infinita misericordia.
Así lo canta repetidas veces el Salmo 135, lo han hecho todos los santos, lo hizo más recientemente Santa Faustina y el Papa s. Juan Pablo II quien pidió que lo hiciera todo el Pueblo de Dios en el segundo Domingo de Pascua.
Y es que, para decirlo en los términos más sencillos, la única, la mejor síntesis que puede hacerse del misterio cristiano no es otra que el amor misericordioso de Dios.
Lo canta también el Salmo 144: El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus creaturas.
La incredulidad del apóstol Tomás no puede tener cabida. Quien como él solicite más pruebas y señales, no conoce la historia de la salvación en nuestro señor Jesucristo; no ha
descubierto y, mucho menos, vivido la realidad y las dimensiones de su misericordia infinita.
Tampoco puede interponerse el miedo a la noche, ni a las autoridades, pues ello equivaldría a reconocer que en la celebración de Jesús resucitado —la experiencia pascual— no hemos encontrado la fuerza, la alegría y la paz que nos liberen de la mediocridad, del miedo, de la tristeza y de la incertidumbre.
No puede ser que no hayamos entendido las Escrituras y que también nosotros necesitamos «ver en las manos la señal de los clavos y tocarlos con el dedo», porque somos desconfiados y no tenemos fe.
Para que el bendecir al Señor por su infinita misericordia no se quede en puro formalismo, lo que necesitamos es abrirnos a su presencia, dejarnos encontrar por Él, para que sea Él quien reanime nuestra fe y nuestra vida. Recibamos el soplo de Jesús, el soplo que nos comunica el Espíritu Santo, nos abra horizontes nuevos y nos impulse a ser testigos valientes de la misericordia de Dios aquí, allá y siempre.
Este domingo, hermanos queridos, confesemos y celebremos nuestra fe; dejemos que entre una brisa nueva en nuestra mente y en nuestro corazón, y repitamos todos los días: no queremos ser incrédulos, somos firmes creyentes en la infinita misericordia de Dios.
*Padre Carlos Marín G.
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