Jerusalén era el bastión político religioso del pueblo judío. La Pascua era la fiesta en la que el pueblo de Israel conmemoraba cada año la liberación del Egipto y congregaba a miles de peregrinos israelitas en el templo, en algo que bien podría ser calificado como una auténtica manifestación popular.
Con su entrada en la ciudad y en el templo en paz, con sencillez y humildad, Jesús realiza un gesto revelador, profético: Él es el Mesías pacífico y humilde, que no busca poder ni gloria, sino que viene a servir a su pueblo. Las aclamaciones entusiastas de ese pueblo al verlo entrar son como un signo de reconocimiento de Jesús como Mesías salvador.
La palabra Hosanna significa eso: Sálvanos, por favor. La misma expresión Hijo de David es aplicada a los reyes y al Mesías. Todo es expresión clara de las ansias de liberación del pueblo. La ciudad se turba y mira con recelo lo que acontece.
Y la entrada al templo se convierte en un juicio. Allí los peregrinos compraban los animales para ofrecer los sacrificios prescritos por la ley, y cambiaban sus monedas por las propias de los judíos. En un gesto severo, polémico y cargado de sentido, Jesús impugna el desarrollo y las condiciones legales del culto, gesto que irrita a los jefes del mismo y de la doctrina que enseñaban.
Preguntemos ahora: nosotros, los colombianos que vivimos hoy, ¿cómo procedemos en la confesión de nuestra fe en el Hijo de David, en el Mesías? ¿Hay claridad, hay hondura, hay gestos proféticos, hay entusiasmo, hay convicción, hay constancia en el testimonio y en la celebración; prevalece acaso la rutina? Porque si vivimos lo que podría llamarse una falsa tranquilidad, una ignorancia de la cruda realidad, querría decir que no hemos entendido el mensaje de Jesús.
Si hoy, Domingo de Ramos, batimos las palmas y cantamos Hosanna al Hijo de David, ¿lo hacemos con alegría? ¿Cuánta fuerza de convencimiento tiene nuestro testimonio de vida al proclamar a Jesús como Mesías?
El inicio de la celebración de la Semana Santa o Mayor, tiene que ser un gesto personal, parroquial, comunitario, de fe en Jesús Salvador; un gesto que rompa la tranquilidad espiritual en que estamos viviendo.
Que Jesús entre triunfante a Colombia, a nuestra parroquia, en nuestros corazones. Cantemos Hosanna al Hijo de David, es decir, sálvanos Señor, por favor, pero hagámoslo con fe, conscientes de que necesitamos ser salvados.
Nosotros, colombianos que decimos ser cristianos de fe profunda y comprometida con el Reino de Dios, hoy Domingo de Ramos, aclamemos a Jesús como Mesías liberador, como nuestro único Dios y Señor; revivamos la escena de su entrada a la ciudad y al Templo, y aprendamos de Él a ser humildes y a evitar toda ostentación, pero también a ser valientes en la confesión y en la defensa de nuestra fe, hoy cuando se ve amenazada por la corrupción y la violencia armada. *Padre Carlos Marín G.
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