Viacrucis juvenil en Ciudad Bolívar: fe, esperanza y alegría

A primeras horas del día, en las que el frío aún se aferra a las lomas del sur de Bogotá y la ciudad apenas despierta, el sábado 21 de marzo, algo distinto comenzaba a latir en el barrio Los Alpes de esta localidad. No eran solo pasos; era la alegría del encuentro, de los sueños y anhelos compartidos, de los temores y la esperanza. También de los silencios cargados de intención.

Y es que, por tercer año consecutivo, más de 200 jóvenes de este territorio, junto a niños, jóvenes, familias de distintas zonas de la capital colombiana; de las vicarías San Pablo y San Pedro; seminaristas y movimientos eclesiales, se unieron en oración por la vida, la reconciliación y la justicia social.
“Esta iniciativa comenzó como una propuesta para los grupos juveniles. Queríamos darles un espacio donde pudieran expresar su fe de manera propia, con sus lenguajes: caminar, cantar, rezar juntos. Y la respuesta ha sido impresionante”, afirmó el padre Giovanni Chinchilla, párroco de Nuestra Señora de Begoña y asesor juvenil en la VET Santa Isabel de Hungría, desde la que surge esta propuesta pastoral.
El sacerdote agregó que esta es una zona con muchas dificultades, pero también con una enorme apertura a las propuestas de la Iglesia. “Estamos hablando de un territorio de cerca de un millón de personas, donde entre el 60 y 70 % son jóvenes, y ellos necesitan espacios para expresar su fe, para sentirse acompañados, para saber que no están solos”.

“Esta ha sido una hermosa experiencia de fe organizada por jóvenes para los jóvenes, que nos ha permitido sembrar esperanza en esta localidad (…) Se nos llena el corazón de alegría al verlos reunidos junto a sus familias. Esta es una semilla que se nutre al sentir que los sueños de nosotros los jóvenes están en el corazón de Dios”, aseguró Andrea Almonacid, delegada de la pastoral juvenil de la vicaría.


Ya lo decía el papa Francisco, recordó el padre Julio Castillo, quien acompaña el proyecto parroquial San Carlo Acutis, en el norte de Bogotá: “los jóvenes son la fuerza de la Iglesia, del mundo; y estamos en el propósito de acogerlos, acompañarlos, animarlos y de caminar con ellos en medio de las realidades que afrontan (…) En este día nos ha unido la fe, peregrinamos desde distintos contextos, pero con un mismo deseo, una misma fe”.
Es así como la peregrinación de cerca de tres kilómetros, desde la parroquia Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, en el barrio Los Alpes hasta la parroquia rural Nuestra Señora de Begoña, en Quiba Baja, no solo conectó a estas dos parroquias y sus contextos, sino que conectó historias, luchas y esperanzas, en una de las localidades más grandes y complejas de la capital, en la que “sembrar fe no es un acto simbólico, es una necesidad urgente”. Permitió, además, fortalecer la comunión dentro de la Arquidiócesis en tono con el Camino Discipular Misionero que transita, ahora desde un nuevo Trienio orientado al cultivo de la fe.

Acompañar, acoger y caminar con ellos
El viacrucis, explicó monseñor Abelardo Gómez Serrano, vicario episcopal territorial, no es solo una devoción tradicional, sino una experiencia que conecta la pasión de Cristo con las realidades actuales: “Es un homenaje a nuestro Señor en este tiempo de Cuaresma, pero también es una manera en la que los jóvenes reconocen que el dolor de Cristo se une al sufrimiento de hoy: la injusticia, la exclusión, la violencia”.
Y en medio de estas realidades, la Iglesia quiere ser presencia cercana. “Queremos que los jóvenes sientan que sus parroquias son lugares seguros, entornos protectores donde pueden expresar su fe, su alegría y también sus inquietudes. Que se sientan acogidos, respetados y valorados”.
“La Iglesia tiene las puertas abiertas para ellos. Necesitamos su presencia, su energía, su capacidad de transformar. Queremos que sean protagonistas, no solo de su fe, sino del país que están llamados a construir”, precisó.

Las voces del camino, sembrando esperanza
De la mano de la Santísima Virgen María, quien siempre acompañó a su hijo, y que nos acompaña también como Madre, entregaron al Señor en este peregrinar — en cada una de las estaciones — su vida, anhelos, realidades personales y familiares.
Dentro de sus súplicas se escucharon: el anhelo de un mundo más justo donde nadie sea condenado por la mentira o la indiferencia; la súplica al Señor para que los acompañe en el camino, ayudándoles a llevar sus cargas y guiándolos. También, el reconocimiento de las debilidades humanas que a veces nos hacen indiferentes y egoístas. Pidieron ser capaces de estar cerca de quienes sufren; reconocer la dignidad de cada persona; amar con generosidad y tener un corazón abierto a los demás; ser constructores de paz; y esperar con esperanza, sabiendo que su amor continúa abriendo caminos de vida.

Al llegar a la parroquia Nuestra Señora de Begoña, el cansancio era evidente, pero también la alegría. Habían caminado kilómetros, habían orado, cantado, reflexionado, compartido; era momento de regresar a sus casas con la certeza de que, incluso en los lugares más difíciles, la fe puede florecer.
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