09 de julio de 2010.
En una Eucaristía celebrada en la Catedral Primada y presidida por el Señor Cardenal Pedro Rubiano Sáenz, Arzobispo de esta ciudad, concluyó la Asamblea plenaria de los Obispos de Colombia.
La Eucaristía tuvo por motivo dar gracias a Dios por el bicentenario de la independencia y hacer el anuncio del cambio de gobierno de esta arquidiócesis.
Saludo del Señor Arzobispo de Bogotá Monseñor Rubén Salazar al Señor Cardenal Pedro Rubiano Sáenz
Querido señor Cardenal:
La aceptación que el Santo Padre ha hecho de su renuncia como Arzobispo de Bogotá me da la oportunidad para expresarle, al inicio de esta Eucaristía y en nombre de la Conferencia Episcopal, la inmensa gratitud que la Iglesia que peregrina en Colombia le guarda por cuanto su persona y su ministerio han significado para ella.
Dos grandes virtudes personales -la coherencia y la comunión- han caracterizado su paso luminoso por la Conferencia Episcopal, ellas hablan de su talante apostólico y de la huella que ha marcado en todos nosotros.
Siguiendo el hila de la historia reciente de nuestro episcopado, del cual Usted ha sido protagonista de primer orden, quiero referirme a tres momentos cruciales para la
Iglesia en Colombia.
Nunca olvidaremos la manera inteligente, discreta, serena y valiente como afronto la situación originada por la quiebra de la Caja Vocacional y en la cual estaba comprometida la credibilidad de nuestra Iglesia. Usted fue el instrumento de la Providencia para superar esta dolorosa etapa.
Tampoco olvidaremos su tesonera lucha por dotar a la Conferencia de sus actuales instalaciones. Fueron varias etapas: adquisición de la propiedad, adecuación de la misma, construcción de la primera aula para la asamblea, edificación de la casa de encuentros y construcción del aula en la que actualmente nos reunimos y cuyo solo título, Regina Apostolorum, es ya motivo de ánimo y de consuelo para nosotros.
Como Presidente de la Conferencia, le correspondió Vivir uno de los momentos más oscuros de la historia reciente del país. La posibilidad de cualquier salida política a nuestra endémica violencia estaba totalmente cerrada. En estas circunstancias su coherencia pastoral lo llevó a convocar la Comisión Nacional de Reconciliación, la cual, desde su pluralismo y altura se ha posicionado como una instancia respetable y valida en la búsqueda de la paz.
De los dirigentes se ha dicho que lo verdaderamente importante no es empezar bien sino perseverar en ese bien y terminar con altura. Su Eminencia empezó muy bien, de eso soy testigo como uno de sus sucesores en la Diócesis de Cúcuta. Persevero en el bien como Arzobispo de Cali y de Bogotá y como Presidente de la Conferencia Episcopal en varios períodos. Ahora pedimos a Dios que continúe por muchos años, como Cardenal y Arzobispo emérito de la Sede Primada, iluminando con la altura de su experiencia y madurez, los caminos de esta Iglesia que peregrina en Colombia a fin de que sea cada vez mas "casa y escuela de comunión" para todos.
Reciba, querido señor Cardenal, nuestra profunda gratitud. Esta Eucaristía es expresión de ella.
HOMILÍA DEL 9 DE JULIO DE 2010
Con gran alegría, la Iglesia que peregrina en Colombia ha querido congregarse hoy en los espacios solemnes de la Catedral de Bogotá, Primada del País, para dar gracias al Señor porque hace doscientos años en diferentes sitios de nuestra nacionalidad se inicio el proceso que, nueve años más tarde, habla de llevar a la constitución de nuestra Patria como una nación independiente.
¿Por qué estos acontecimientos son objeto de acción de gracias? Porque la Iglesia sabe que en todos y cada uno de los sucesos históricos Dios está presente, actúa, realiza su obra de salvación, libera y conduce a su pueblo. A los ojos de la fe, la historia no es un campo neutro en el que el sentido se hace escaso o en el que este alcanza solo interpretaciones casuales e hipotéticas. Por el contrario, iluminados por los acontecimientos de la vida de Israel, el pueblo de la primera alianza, elegido para ser el paradigma referencial de esa intervención divina en la historia, descubrimos que el Señor -desde el primer momento de la existencia del mundo por medio de su Palabra creadora, hasta el momento final de la historia- da pleno sentido a cada minuto de la aventura humana en el mundo, haciéndolo un momento privilegiado de su revelación e invitando a todo ser humano a responder con libertad y generosidad a su amor.
De esta manera, en esta celebración eucarística se nos invita a levantar la mirada para descubrir con claridad como Dios nos habla al rememorar aquellos acontecimientos de hace doscientos años y prorrumpir en acción de gracias con las palabras del salmo que acabamos de escuchar: "'Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo, las obras de tus manos. iQue magníficas son tus obras, Señor, que profundos tus designios!"
En este año de 2010 y hasta el 2019, rememoramos los acontecimientos, a lo largo de los cuales Colombia, en un proceso doloroso e inconcluso, vivió un cambio profundo de su existencia. Influenciada por revoluciones plasmadas y vividas en otras latitudes, movida por sucesos que afectaban profundamente la estabilidad de los reinos europeos, y como fruto de una situación política y social que planteaba no pocas injusticias y violencias, hace doscientos años resonó en muchos sitios patrios la voz de la inconformidad que, poco a poco, se fue transformando en un movimiento decisivo de independencia.
En ellos, descubrimos la intervención salvadora del Señor:
"He visto la opresión de mi pueblo, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlos." Como al Pueblo de Israel, Dios libera al pueblo colombiano de una situación de opresión y lo lleva al goce de la libertad. No se trata solo de una Liberación puntual sino que los acontecimientos emancipadores se convierten en el inicio de un proceso que debe durar tanto como la historia del país: un proceso de liberación continua de todo lo que esclaviza, aliena, oprime; un proceso contra la injusticia, la desigualdad, la marginación, la violencia en todas sus formas; un proceso de construcción de una verdadera nación, igualitaria, fraterna, solidaria; un proceso en el que cada día se alcancen condiciones más claras de igualdad de oportunidades para que todos los colombianos tengamos acceso a todos nuestros derechos y podamos cumplir también con todos nuestros deberes; un proceso que permita a las instituciones del Estado garantizar, sobre la base de una vida digna para todos, la posibilidad de una convivencia pacífica en la que todos aportemos a la construcción de la comunidad y todos recibamos los beneficios que se requieren para la plena realización personal y comunitaria; un proceso en el que podamos, por medio del dialogo y la concertación avanzar juntos en la solución de los conflictos, en la satisfacción de las necesidades, en la búsqueda del bien común por encima de cualquier interés personal o grupal; un proceso, en fin, de verdadera y permanente Iiberación, de paso continuo de toda clase de muerte a la vida plena que no podemos alcanzar sino cuando Dios está puesto en el centro de las instituciones del país, como fuente y garante de la vida, como luz que señala el sendero común, como fuerza que permite superar todo lo que divide, separa y enfrenta y alcanzar todo lo que une, acerca y cohesiona.
En ese proceso liberador, la Iglesia que peregrina en Colombia tiene un papel fundamental. Ella anuncia a todos y cada uno de los colombianos la clave fundamental para entender la historia en cada uno de sus acontecimientos. Ella proclama las palabras de Pablo a los Gálatas: "Cuando lIegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley para liberarnos del dominio de la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios." Con estas palabras -entendidas siempre de nuevo a la luz de los acontecimientos de la historia de la humanidad- la Iglesia proclama que la plenitud de la historia, es decir, el acontecimiento que da sentido a todo otro acontecimiento, ha llegado cuando el Hijo eterno del Padre se hizo en el tiempo el hijo de María, Jesús de Nazaret, asumiendo la totalidad de nuestra condición humana menos en el pecado. En EI Dios se ha revelado plena mente como padre de amor y de misericordia, porque de su Hijo, "de su plenitud, todos nosotros hemos recibido gracia en abundancia". En EI Dios destruyó definitivamente la muerte como consecuencia del pecado y nos dio su Espíritu como fuente de vida y de amor. En El Dios nos libera de todo lo que desfigura nuestra humanidad y nos da la posibilidad de alcanzar lo que nos conduce a la plena humanización, abierta a la divinización en la promesa de vida eterna más alla de nuestra muerte y de la historia del mundo.
A la luz de ese acontecimiento central y fortalecidos por "la gracia y la verdad que nos llegaron por medio de Jesucristo", los cristianos, como discípulos misioneros suyos, estamos llamados a ser "sal de la tierra y luz del mundo", permitiendo que nuestros ojos -tantas veces oscurecidos por el pecado que nos lleva a la injusticia y la violencia- vean con claridad el camino que tenemos que recorrer juntos -creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, católicos y no católicos- para poder continuar siempre, sin desfallecer, ese proceso de liberación que hoy -mirando hacia los acontecimientos de hace doscientos años- descubrimos como tarea inacabada, como proceso permanente, como tarea insoslayable.
Cumpliremos nuestra tarea en la medida en que seamos capaces de descubrir nosotros, los primeros, y mostrar a los demás, con nuestra vida, lo que significa el compromiso que descubrimos en las bienaventuranzas que acabamos de escuchar en la proclamación del Evangelio. Ellas nos revelan la esencia misma de la salvación que el Señor nos trae y son el camino que EI nos traza para que podamos alcanzar la felicidad no solo de cada uno sino también y, sobre todo, de la comunidad.
Nuestro reto es encontrar el significado profundo que encierran esas palabras que el Señor nos dirige hoy a todos como miembros de la Patria colombiana y a cada uno de nosotros, como discípulos misioneros de Jesucristo.
"Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos tienen a Dios por rey", ¿no significan acaso el llamamiento a seguir al Señor Jesucristo quien "no vino a que le sirvieran sino a servir" y asumir juntos el compromiso de liberar nuestro corazón del egoísmo, de la avaricia, del ánimo de lucro insaciable para optar por un desarrollo humane integral que ponga a la economía vías finanzas al servicio de la persona humana V de la comunidad como un todo?
"Dichosos los afligidos, porque Dios los consolara", ¿no es la invitación a volver nuestros ojos a Aquel que cargo con nuestros pecados en la cruz para poder también nosotros mirar alas víctimas que deja todos los días el conflicto armado, los conflictos sociales, la injusticia, la violencia en todas sus formas, para ofrecerles la oportunidad de recuperar toda la dignidad de la que fueron privados e inserirse de nuevo en la vida social?
"Dichosos los no violentos, porque heredaran la tierra", ¿no nos anuncia el camino -recorrido en primer lugar por Aquel que es "manso y humilde de corazón"- para resolver los conflictos por medio del dialogo, de la concertación, para luchar para que todos poseamos los bienes a los que tenemos derecho, para que todos podamos ser constructores de una sociedad justa y fraterna? ¿No nos está pidiendo el abandono definitivo de toda c1ase de violencia, aun la aparentemente justificada?
"Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque Dios los saciara", ¿no nos está invitando a asumir el provecto salvador de Dios manifestado en Cristo para que no nos dejemos arrastrar de los relativismos y materialismos imperantes en nuestro medio, para que busquemos siempre aquellos principios que, basados en la ley que el Señor ha impreso en nuestro corazón, nos permiten construir juntos una vida plenamente humana con el goce de todos nuestros derechos y deberes? ¿No nos estará haciendo tomar conciencia de que solo una sociedad basada en el reconocimiento de Dios como la suprema fuente de la vida y la verdad podrá dar la felicidad a sus miembros?
"Dichosos los misericordiosos porque Dios tendrá misericordia de ellos", ¿no significa acaso que, contemplando a Aquel que "nos amo hasta donde es posible amar", estamos llamados a ir mas allá de una justicia implacable para encontrar los caminos del perdón, de la aceptación del enemigo, de la búsqueda de la reconciliación, del poner en la solución de los conflictos la base del amor que se expresa en la fraternidad y la solidaridad?
"Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios", ¿no nos urge a convertirnos a Dios, manifestado en Cristo, para dejar a un lado todo lo que, a lo largo de una historia salpicada de injusticia y de violencia, ha abierto brechas profundas que nos dividen y nos impiden vivir juntos en paz? ¿No es el llamado a un cambio profundo de mentalidad, a un nuevo modo de plasmar la vida de nuestra sociedad, a partir del reconocimiento de la dignidad absoluta e inviolable de cada persona desde el momento de su concepción hasta su muerte natural; a partir del reconocimiento de la igualdad plena de todos los seres humanos con sus derechos inalienables?
"Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamara sus hijos", ¿no resuenan estas palabras como una nueva urgencia a aceptar a Aquel que nos dijo: "La paz les dejo, mi paz les doy" y buscar con valentía y generosidad caminos nuevos para dejar a un lado los caminos de la guerra y de la confrontación violenta y abrazar definitivamente los caminos del dialogo, de la construcción concertada de nuestra sociedad, de la búsqueda de todo lo que nos une para que renazca la esperanza de la paz?
"Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque ellos tienen a Dios por rey", ¿no nos advierten la dificultad de seguir este camino? si, sin duda. Pero también el Señor nos dice: "Alégrense y regocíjense porque será grande su recompensa en los cielos, porque así persiguieron a los profetas antes de ustedes." EI camino es largo, difícil, lleno de lagrimas y de luchas, pero bien vale la pena, porque -no solo al final sino ya en cada uno de sus pasos- está lleno de la presencia de la gracia y la verdad que hemos recibido de Jesucristo. Es EI quien camina con nosotros. Aun mas, EI es el camino.
Por eso, hoy en el contexto de esta celebración de los acontecimientos que desataron el proceso que nos llevo a la independencia del Reino de España, podemos de nuevo levantar nuestros ojos hacia EI para darle gracias, porque el camino recorrido ha sido fructuoso y pedirle que el largo camino que aun nos queda por recorrer lo hagamos siempre prendidos de su mano, recibiendo siempre su luz y su fuerza, caminando juntos ¬todos los colombianos sin distingos de raza, cultura, opciones políticas, dejando a un lado todo lo que nos pueda dividir-, avanzando siempre de nuevo en la búsqueda de la justicia, la fraternidad, la solidaridad como bases imprescindibles de la paz estable y duradera.
Esta celebración tiene lugar en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquira, la Madre de Jesús, la Madre y Patrona del Pueblo colombiano. Hacia ella también levantamos los ojos para que nos alcance de su Hijo la gracia de que las celebraciones de este bicentenario de los acontecimientos emancipadores de hace doscientos años nos permitan redescubrir el sentido profundo de nuestra nacionalidad y llenarlos de fe y esperanza para que en el amor compartido de compatriotas podamos seguir avanzando por los caminos de la paz.
En la Eucaristía el Señor se nos entrega EI mismo, dándonos su Espíritu. Abramos plena mente nuestro corazón a su gracia para que podamos ser también nosotros signos e instrumentos de su amor en nuestra amada Colombia, hoy y en adelante, hasta que todos podamos encontrarnos en la casa de Dios, nuestro Padre, mas alla de esta historia que hoy conmemoramos y vivimos.