La Doctrina Social de la Iglesia desde la Rerum Novarum de León XIII, ha venido orientando a la humanidad acerca del verdadero concepto de justicia social, que no es otra cosa que el tratamiento equitativo del trabajador en relación con su jornada laboral, con su salario y con la procura de unas condiciones de vida conformes a su dignidad de hijo de Dios.
San Pablo, el Apóstol de las Gentes nos dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5). Por tanto, todos los hombres y en particular los bautizados hemos recibido del Cielo el don de la caridad. La doctrina cristiana revelada en la Escritura también nos enseña que el primer objetivo de nuestro amor deberá ser el Creador. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (Mt 22, 34).
No existe, entonces, disculpa alguna para que los cristianos seamos ajenos a la práctica de la tercera de las virtudes teologales. ¿Qué pasa entonces en el mundo de hoy, donde vemos que la humanidad corre en dirección opuesta a las enseñanzas evangélicas? El Siervo de Dios Juan Pablo II lo repitió en varias ocasiones: “La pretensión de organizar la sociedad con una racionalidad puramente tecnológica, la primacía del hedonismo individualista y la marginación de la dimensión religiosa de la cultura han minado los cimientos mismos de la civilización”.
El mundo moderno y Europa en particular, decía el Papa Benedicto XVI en Francia, “ha olvidado sus raíces cristianas” trayendo graves consecuencias en su desarrollo social, cultural y político. El Romano Pontífice expresó además su preocupación por la situación social de Occidente “por desgracia marcada por un avance solapado de la distancia entre ricos y pobres”. A este respecto, afirmó claramente que debemos encontrar soluciones justas que busquen la protección de los débiles, así como el fomento de su dignidad.
La Doctrina Social de la Iglesia desde la Rerum Novarum de León XIII, ha venido orientando a la humanidad acerca del verdadero concepto de justicia social, que no es otra cosa que el tratamiento equitativo del trabajador en relación con su jornada laboral, con su salario y con la procura de unas condiciones de vida conformes a su dignidad de hijo de Dios. Lamentablemente, algunos han interpretado erróneamente las enseñanzas del Magisterio y han caído en las fauces del socialismo y del comunismo, atropellando el libre derecho a la libertad y a la propiedad privada.
Quizás, la indiferencia, sea el primer obstáculo contra la virtud de la caridad. El hombre contemporáneo no quiere mirar más allá de su propio deseo desordenado de enriquecimiento afanoso, que lo convierte en un permanente esclavo del dinero. El Santo Padre ha expresado en diversos escenarios su preocupación por la búsqueda de un justo equilibrio social. Mientras algunos derrochan de manera desmedida otros no alcanzan a cubrir su necesidad de alimento cotidiano. No obstante, el derecho a la propiedad es sagrado como lo afirma claramente la Iglesia, siempre y cuando tenga una verdadera función social.
Quienes hemos sido redimidos con la preciosísima Sangre de Cristo no podemos quedarnos acomodados muellemente en la molicie de nuestra indolencia, sabiendo que a nuestro alrededor hay personas que sufren de hambre, de depresión, de maltrato, de enfermedad o de abandono. Los patronos y empresarios deben implementar -como lo hacen algunas pujantes firmas en todo el globo- el mejoramiento sustancial de la calidad de vida de sus trabajadores. Si la compañía obtiene ganancias y prospera, sus empleados, que son su mayor recurso, deberán también obtener beneficios proporcionales.
En nuestra patria hay infinidad de fundaciones que dedican sus mejores esfuerzos procurando que el Reino de Dios se haga patente entre los débiles y necesitados. Allí podemos encontrar la oportunidad de hacer una caridad organizada, constante y eficaz.
No debemos quedarnos tranquilos con el sólo hecho de dar una moneda al dolorido mendigo que nos estira su mano. Hay que dar hasta que duela, decía la Beata Teresa de Calcuta.
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Fuente: El Catolicismo
Alonso Jaramillo, KC*HS, KM, KSG, BM, 31 de mayo de 2010