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Ser cristianos de verdad

27 de septiembre de 2026
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Jesús propone tres parábolas para hacerles entender a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo que lo acosan cuando se acerca al templo, el rechazo del pueblo de Israel a su Persona y al anuncio del Reino. Este domingo proclamamos una de ellas: La de los dos hijos. Uno de ellos sí va a trabajar; el otro dice también que sí va, pero todo se queda en palabras, pues no va a la viña.

Con ella Jesús da una respuesta a los que tanto hablaban de Dios, de su ley y de su templo. Los invita a “buscar el Reino de Dios y su justicia”, y ellos lo acusan de acoger a los pecadores. De aquí la dura respuesta de Jesús: otros, “los pecadores y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios”.

La fe en Dios y la vida del cristiano hay que verlas desde otra perspectiva: Es la actitud interior de la persona lo que verdaderamente importa, no las apariencias externas. El que verdaderamente honra a Dios es aquel que cumple su voluntad. Para el Padre del cielo lo decisivo no son las palabras, sino los hechos y la vida cotidiana; es el traducir en hechos el Evangelio de Jesús.

La relación con Dios tiene que inspirar y transformar toda nuestra vida, la familiar, la de trabajo, la de las relaciones sociales, el ejercicio de la política. Para que sea confiable nuestra fe debe ser expresión de compromiso. San Pablo alaba la sinceridad de la fe de Timoteo (1,1-18).

Estamos acostumbrados a hablar de tener fe, y poco hablamos de vivir la fe, de llegar a ser cristianos de verdad, de hacernos mejores cristianos cada día, después de cada día de trabajo y vida de familia, después de cada rezo del santo Rosario. No lo somos de verdad si cada domingo acudimos a celebrar la Eucaristía, pero de lunes a sábado, Dios sigue siendo el gran ausente. Es como decirle a Dios que sí vamos a vivir el Evangelio, que sí vamos a trabajar en su viña, pero luego nada hacemos. Nuestra actitud no puede ser la del hijo que dijo sí, pero luego no fue trabajar a la viña. El mensaje de Jesús es muy claro: otros os precederán en el camino hacia el Reino de Dios.

No seamos nosotros como aquellos que hablan mucho de Dios, creen saberlo todo de Él, pero no sienten necesidad de arrepentirse de nada en su vida. Lo que realmente importa en la vida cristiana no son las apariencias, sino la actitud interior. El que honra a Dios no es el que observa unos ritos externos, sino el que cumple su voluntad, el que ama y sirve a sus hermanos.

Lo que cuenta según el Evangelio no es hablar, llamarse, decir que sí soy cristiano o creyente, sino HACERSE cada día, en toda circunstancia, en cada lugar, en cada momento de la vida cotidiana. Entre llamarse cristiano y serlo de verdad, hay una gran diferencia.

No nos sintamos satisfechos porque decimos que somos cristianos, pensemos más bien en llegar un día a serlo de verdad, esto es, viviendo el Evangelio y el magisterio de la Iglesia.

El mensaje de la parábola es claro, también para nosotros. En nuestros días, otros, pecadores y rameras, pueden llegar antes que nosotros, al Reino de Dios. Seamos sinceros con Dios y con nosotros mismos. Nos hará mucho bien.

*Padre Carlos Marín G.

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