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Es la Eucaristía, es Dios en carne viva 

7 de junio de 2026
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El Cuerpo y la Sangre santísimos de Cristo (Jn 6, 51-58)

Nuestra Fe en Dios no es puramente cerebral y menos un simple rito frío; tampoco un entramado de simbolismos.  Dios ha querido que la fe sea una cosa bien simple. Para eso se ha puesto al alcance de nuestra mente, de nuestras manos, y también de nuestros labios. La Encarnación del Hijo de Dios es precisamente eso. En Jesús de Nazaret se ha puesto a nuestra disposición, al alcance de nuestros sentidos:  oid, mirad, gustad, tomad, tocad, comed, bebed. Aunque parezca muy paradójico, tenemos a un Dios a quien podemos escuchar, gustar, comer y beber. 

Es la Eucaristía. Y no hay por qué extrañarse. Es que Dios es así, son las cosas del amor de Dios. Pensar y creer en Dios está bien; ofrecerle primicias y sacrificios, también. Pero Él quiere algo más:  quiere que comamos la carne y bebamos la sangre de su Hijo, hecho hombre, muerto en la Cruz y resucitado; que lo hagamos si de veras queremos estar en el cielo, es decir, vivir por toda la eternidad.   

Me atrevería a decir que la Eucaristía es algo así como una provocación por parte de Jesús. Es creer en Él, sentir hambre, comer su Cuerpo y beber su Sangre, querer tener vida más allá de la muerte. Es el amor de Dios que se convierte casi que en un desafío a toda la humanidad: comer el Cuerpo y beber la Sangre de Jesús. Vivir en Él y que Él viva en mí, en cada uno de nosotros. Es la Eucaristía.

Es como si el Señor Jesús nos invitara a creer en Él todos los días. Es como si nos invitara a gritar: “Sí creo”, cada vez que oímos al sacerdote decir en el altar: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”. 

Invitación, llamado, a que cada uno reconozca:  yo siento hambre, yo siento sed, yo quiero vivir en Él, para ser así capaz de vencer la muerte y estar un día con el Padre, con su Hijo Jesús, el Espíritu Santo y con María la Madre de Jesús, que fue llevada al cielo en cuerpo y alma, con los ángeles y todos los santos. Y no debe darme pena confesarlo: vivo con hambre de la carne de Cristo, vivo con hambre de cielo. Me confieso hambriento del Cuerpo y de la Sangre de Jesús. Por eso estoy aquí, al pie del altar, porque tengo hambre y mucha sed, y sé que sólo Él me la puede calmar.

A eso va cada uno de nosotros, a eso vamos todos a la iglesia, a la parroquia, no solo el domingo sino todos los días. Porque necesitamos comer la Carne y beber la Sangre de Jesús para tener vida. Esa es mi única motivación.

No es cumplir un precepto, no es simplemente ir a Misa, no es cumplir un precepto, no es que alguien de mi familia fue al despacho parroquial y “pagó una Misa”. Participo en la Eucaristía porque tengo hambre del Cuerpo y sed de la Sangre de Cristo; porque necesito alimentarme mientras camino hacia la Casa de Dios Padre en compañía de muchos otros hermanos, anunciando la muerte y la resurrección de Jesús; y así vivir con Él por toda la eternidad. 

Hermanos: Es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es la Eucaristía. Celebrémosla todos los días. Hagámoslo con fe, con alegría, en comunión con muchos hermanos.

*P. Carlos Marín G.                                                                                                                                                                                      

 

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