CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA LXXV ASAMBLEA PLENARIA (Bogotá, D.C., 30 de junio al 4 de julio de 2003) PISTAS PARA UNA PASTORAL RURAL O UNA PASTORAL DE LA TIERRA Padre Alfredo Ferro M., S.J. Licenciado en Filosofía de la Universidad Javeriana Licencia en Teología de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro-Brasil Maestría en Sociología de la Religión de la Pontificia Universidad Católica de Sáo Paulo - Brasil Experiencia: Fue Director del Programa por la Paz de la Compañía de Jesús (1998-2000) Actualmente el Director del Instituto Mayor Campesino IMCA (Buga-Valle del Cauca) INTRODUCCIÓN Ante todo quiero agradecerles a todos ustedes y en general a la Conferencia episcopal a través de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Caritativa, el que me hubieran invitado a este panel, que comparto gustosamente con Monseñor Iván Marín y que tiene como principal objetivo dialogar con ustedes algunos aspectos pastorales sobre la problemática agraria, tema que los convoca en esta Asamblea. Mi nombre es Alfredo Ferro, soy sacerdote jesuita, actualmente director del Instituto Mayor Campesino, que tiene sede en la ciudad de Buga, y cuyo radio de acción en un proyecto de desarrollo sostenible con comunidades rurales es el centro del Valle del Cauca. Mi compartir en este papel se nutre fundamentalmente de mi experiencia de trabajo de 30 años con comunidades campesinas e indígenas, tanto en la Republica del Congo, antiguo Zaire -África, donde hice mi etapa de formación apostólica, del Brasil donde trabajé con la pastoral de la tierra y realice mi formación en teología y en sociología de la religión, como en Colombia, donde he tenido contacto con esta realidad en diferentes regiones del país y particularmente en el Valle del Cauca. He querido titular esta intervención: "Pistas para una pastoral rural o de la tierra", ya que de forma amplia aunque modesta, quisiera apuntar a lo que podríamos llamar un derrotero de una pastoral, que a mi manera de ver, debe ser la respuesta de la Iglesia Católica, de manera contundente y si se quiere más orgánica. Creo que somos la única institución que puede hacerlo en este país y por ello mismo, siento que tenemos desde nuestra misión una responsabilidad histórica muy grande. Cuando me refiero a las comunidades campesinas o a los hombres y mujeres del campo, estoy pensando en los campesinos, en los indígenas, en los pescadores, en los mineros, en los artesanos, en los pequeños comerciantes, en los trabajadores rurales que viven en las ciudades y pueblos y en general en todas aquellas personas que de una u otra manera están ligadas a la actividad socio-económica y cultural del campo colombiano. En hora buena y muy a tiempo para la coyuntura que estamos viviendo en el país, que por otro lado, se hace cada vez más compleja, la Iglesia representada en su jerarquía hoy, asume de manera comprometida como tema fundamental de la Asamblea esta problemática. Durante la década del 80, la cuestión del uso y la tenencia de la tierra, junto con la pobreza del campesinado, surge particularmente como tema la reflexión teológica y pastoral de la Iglesia de América latina, asumiendo el nombre de pastoral rural o de pastoral de la tierra. Ya algunas de las conferencias episcopales de estos países, habían tocado este mismo asunto. Son diversos los documentos producidos en las dos últimas décadas de final de siglo; todos ellos desembocando significativamente en compromisos pastorales. En el año 83 la conferencia de Paraguay produjo un documento titulado "El campesino Paraguayo y la cruz". En el año 84 la conferencia de Chile "Abrir surcos para sembrar esperanzas". En el año 86 la conferencia del Perú: "La tierra don de Dios, derecho del pueblo" y la de Ecuador: "Tenencia de la tierra y proceso social". En el año 88 la conferencia de Brasil: "La Iglesia y los problemas de la tierra" y la de Panamá: "Tierra de todos - Tierra de paz". En el año 89 la conferencia de Guatemala: "El clamor por la tierra" y de nuevo la conferencia de Paraguay: "La tierra don de Dios para todos". En el año 94 la Conferencia de Costa Rica: "Madre tierra". En estos últimos años no he acompañado muy cerca este tipo de pronunciamientos; sin embargo, se que en los diversos documentos o comunicados sobre la situación social que se emiten, el tema de la realidad y la cuestión agraria está siempre presente. La misma Conferencia Episcopal Colombiana ya lo ha hecho en reiteradas ocasiones. Sin poder ahora ahondar en los documentos producidos, me parece interesante poder remitirnos a dichos textos, no sin dejar de expresar el que cada uno de ellos, responde a circunstancias históricas particulares y que a la vez son cartas que comprometen a la Iglesia y provocan naturalmente debate nacional. Esto quiere decir de otro modo, que todos estos pronunciamientos nacen de un compromiso eclesial. Al desarrollar el tema que se me ha encomendado, iniciaría mi ponencia presentando un panorama muy general de la realidad y la situación del campo hoy, haciendo hincapié en algunos aspectos, asunto en el cual no voy a profundizar, pues considero que ustedes ya lo han hecho el primer día; continuaré con una aproximación a lo que sería una pastoral rural o de la tierra, para luego explicitar las dimensiones de dicha pastoral, y terminar con una serie de exigencias o desafíos que nos plantea esa misma pastoral. 1. REALIDAD DEL CAMPO Y DE LAS COMUNIDADES DE CAMPESINOS, INDÍGENAS, PESCADORES, MINEROS, ETC. Cómo no sensibilizarnos, aterrarnos, horrorizarnos e indignarnos, frente a los hechos y acontecimientos violentos que suceden todos los días en los diferentes rincones de este país, donde la mayoría de las victimas son hombres y mujeres que viven y trabajan en el campo o en pequeñas poblaciones de nuestro territorio. Cómo no estar preocupados y alarmados, frente a la situación de miseria y de pobreza que se vive en los campos colombianos y en las periferias de las ciudades. Para entender la realidad del campo colombiano debemos tener una mirada global; ya que la misma está enmarcada en una estructura social, política, económica, ambiental y cultural cada vez más globalizada, donde desafortunadamente lo que ha primado han sido los intereses de unos pocos en detrimento de las condiciones de vida de la gran mayoría de la población. La crisis desde varios puntos de vista es alarmante, solo el darnos cuenta de lo que estamos pagando de intereses de una deuda injusta e impagable es de hecho preocupante. En intereses de la deuda, Colombia paga el 4.5% del PIB o lo que corresponde al 58% del presupuesto nacional -con estos recursos podríamos alimentar a 12 millones de personas, dar escuela a 3 millones de niños y niñas y resolver en gran parte el problema hospitalario del país-; y todo ello naturalmente repercute en el campo y principalmente en la agricultura, sector que viene arrastrando una crisis desde hace varios años. Aunque las cifras apuntan a una población en el campo del 25% del total de la población colombiana, en realidad en términos absolutos, esa población es mayor que la de hace 20 años donde las cifras eran inversas. Hoy a pesar de su desplazamiento y de toda la crisis del campo, esta población se acerca a los 10 millones de habitantes, sin contar las personas que viven en las ciudades y aún tienen profundas raíces campesinas o laboran en el campo. Una constante en nuestro país ha sido la concentración de la tierra en pocas manos, excluyendo grandes masas de la población (acumular campos y más campos fue la denuncia del profeta: Is 6,35-37). Si damos un vistazo a nuestro país actualmente, quienes han hecho una verdadera reforma agraria, han sido los carteles de narcotraficantes con la compra de extensiones inmensas de tierra y los paramilitares y guerrilleros que han sido los grandes responsables del desplazamiento de miles y miles de familias. El fenómeno de los desplazados en el cual somos campeones es angustiante. En lo que va corrido de este año la estimativa es de más de 400.000 personas. Son familias, que tendrán que preguntarse: cómo cantar, celebrar o esperar en una "tierra extraña", expresión tomada del salmista que refleja la realidad dolorosa de tantas y tantos compatriotas. El campo colombiano está marcado también por una tensión y un conflicto cada vez más creciente entre la vida y la muerte. Los hombres y mujeres del campo han sido las mayores víctimas del sistema imperante y del conflicto armado, ya que se encuentran en el fuego cruzado entre la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico y las fuerzas militares. A ello se le agrega la ausencia del Estado en muchas zonas recónditas de la geografía colombiana; el vacío en las políticas agropecuarias y ambientales permanentes y eficaces por parte de las administraciones nacionales, departamentales y municipales; la perdida de valores culturales; las pésimas condiciones de salud, las deficiencias en la oferta educativa y la falta de propuestas educativas apropiada para la realidad del campo; el número cada vez mayor de desempleados; los bajos precios en la compra de los productos del campo, una infraestructura y unas vías de comunicación deficientes, etc. La realidad de los cultivos de uso ilícito a pesar de las fumigaciones bastante cuestionadas por sus efectos y todo tipo de represión ejercida por el Estado con la ayuda de los Estados Unidos continuará mientras no existan alternativas de vida y de desarrollo para esta población excluida y marginada. Hace pocos meses el departamento del Putumayo, que era el departamento de mayor extensión en cultivos de uso ilícito, tenía más de 70.000 hectáreas de coca y amapola; ahora los cultivos debido a las fumigaciones, se han desplazado al departamento de Nariño, que según estimativas del gobierno local anda por las 45.000 hectáreas mal contadas No quiero detenerme en una descripción de los hechos o de un diagnostico detallado de esa realidad como ya lo había anunciado, pues ese no es el objetivo de este panel -realidad que por lo demás es desoladora-; quiero más bien, que tengamos presente este panorama doloroso y de tantos crucificados como un lugar teológico, desde donde Dios nos interpela y nos invita por consiguiente a dar una respuesta de vida y por lo tanto de esperanza. No quiero tampoco que nos quedemos únicamente en los lamentos o en lo que hemos llamado las debilidades, las dificultades, las amenazas, los problemas, etc, algo tan frecuente entre nosotros; quisiera que nos fijáramos especialmente en las potencialidades, en las formas de resistencia de nuestras poblaciones más marginadas, en los valores que permanecen en las culturas indígenas y campesinas, en las luchas cotidianas y permanentes de tantos hombres y mujeres por mantener y dinamizar su medio y su cultura. Sinceramente estoy cada vez más convencido, desde mi fe y desde mi esperanza, que sólo a partir de esa realidad o de lo que algunos han denominado una reserva ética y política, sin que desconozcamos la problemática, es posible caminar como Iglesia en la construcción del Reino de Dios. En esta hora tan crucial para nuestra patria y en medio de las tribulaciones y los dolores de parto no podemos desfallecer; debemos creer y confiar que tendremos una situación nueva y feliz como no los anuncia San Pablo (Rom 8,19ss - 1 Tes 2,13-20). Hoy me viene a la mente el texto del Documento de Puebla, que evoca el libro del Éxodo (Ex 3,7), al recordarnos, que desde lo más hondo de esa realidad colombiana y latinoamericana, se escucha un clamor a veces sordo, de todos aquellas personas, que son y han sido victimas de todo tipo de violencia y exclusión. Puebla también nos habla de los rostros de ese Cristo sufriente hoy; rostros de campesinos, indígenas, mujeres, desplazados, desempleados, secuestrados, y en general, de todos aquellos marginados de un sistema que no logra encontrar caminos de paz y justicia social. Nuestra tarea es también contribuir a la configuración de ese rostro rural de la Iglesia de Cristo, participando de manera solidaria en sus sufrimientos. Son muchas las acciones que se realizan en contraste con este panorama un tanto fatídico y negativo. De hecho ya existe un reconocimiento significativo de la labor de la Iglesia en los campos de este país. A manera de ejemplo quisiera traer a colación el texto de una conocida y controvertida columnista del diario EL TIEMPO, Salud Hernández-Mora, que me llamó la atención, la cual salió, como muchos otros y otras, en defensa de Monseñor José Luis Serna hace quince días. Hubo un párrafo que quisiera retomarlo en este panel, pues me parece que hace honor a la verdad de lo que ha sido la labor de la Iglesia en Colombia. Su artículo con el que podemos estar o no de acuerdo en su totalidad, afirma en sus últimos parágrafos lo siguiente: "La labor de la Iglesia Católica en esta nación es extraordinaria. Están identificados con el pueblo que sirven, hacen una labor social allá donde el Estado y la sociedad egoísta nunca llegan, son el único refugio de los desamparados, el paño de lágrimas de millones de colombianos, la voz solitaria que clama ante las injusticias. Han logrado que los respeten por igual guerrilleros y paramilitares y en muchas veredas, si ellos se fueran los seguiría todo el pueblo. Necesitaría varias columnas para nombrar a los religiosos a quienes he conocido y admirado por todos los rincones de Colombia. Los vi acompañar a una población aterrada en el Cacarica, recoger cadáveres en el río Catatumbo, mediar en la liberación de los campesinos ante guerrilla y Auc en el Magdalena Medio, acompañar a los presos en la Modelo y en Bellavista, cuidar ancianos abandonados en Cartago y en Tibú, luchar por las prostitutas en Pereira y Medellín, buscar desesperadamente la paz en Antioquia, en Putumayo, en Meta; luchar por los derechos de sus feligreses en Bojayá, en Cartagena del Chairá, en San Vicente. Si eso es subversivo, que venga Dios y los juzgue". Este texto de alguien que desde fuera en cierta manera mira la labor de la Iglesia nos enorgullece y nos lleva a mi manera de ver a darle gracias a Dios por permitirnos reconocernos prójimos o ser "el buen samaritano" que ha estado pendiente de curar heridas y hacer una labor encomiable desde todo punto de vista; a ello le podemos agregar toda una historia de presencia de la Iglesia a través de las personas y de sus obras en el campo, que en parte el Padre Gustavo Jiménez, S.J. ha recogido como subsidio para esta Asamblea, en lo que él llama "Notas para un bosquejo histórico de la Pastoral social rural durante el siglo XX"; sin embargo, eso no nos debe envalentonar o dejar dormir en los laureles. Sabemos que los problemas y las dificultades son grandes y los desafíos inmensos. Seguros del amor que nos ofrece el Padre, de la fe que profesamos en el Señor Jesús y de la presencia del Espíritu en nuestra comunidad de fe, la Iglesia; sabremos dar una respuesta oportuna en beneficio de todas y todos aquellos que esperan de nosotros una palabra de aliento y acciones por lo pronto eficaces. Para terminar esta primera parte, no quisiera que olvidáramos hechos lamentables, como han sido los asesinatos y el "martirio" de tantos hombres y mujeres: religiosos(as), sacerdotes o laicos(as) que en su labor pastoral o de compromiso con los pobres y marginados de la tierra, han entregado su vida y han dado un testimonio admirable del compromiso de la Iglesia. Su pascua de resurrección será para todos nosotros una semilla de vida y esperanza. A ellos un homenaje especial. 2. ¿QUÉ ES LA PASTORAL RURAL O LA LLAMADA PASTORAL DE LA TIERRA A LA LUZ DE LA SAGRADA ESCRITURA Y DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA? a) La pastoral rural en el marco de la pastoral global Pastoral para la Iglesia es evangelizar, es decir, tomar la práctica del amor, la paz y la justicia, como núcleo fundamental del mensaje evangélico. Podríamos definir la pastoral social en general como la pastoral de la fe, de la caridad, de la profecía, de la solidaridad, de la esperanza y de la celebración de la vida; es la aplicación del pensamiento social de la Iglesia en la realidad que vivimos. La Pastoral rural se enmarca y se desprende del ámbito de la pastoral social y ésta a su vez en una pastoral de conjunto; por ello, hablar de pastoral rural o de una pastoral de la tierra sin su integración a toda la labor pastoral de las Iglesias locales y de una Iglesia nacional no tendría sentido. La Pastoral rural con su contribución específica, no es sólo una necesidad eclesial de una Iglesia nacional o particular que se renueva, se rejuvenece y se transforma, es también una exigencia de la realidad actual de nuestro país. La Iglesia como "pastora" asume un liderazgo a favor de la causa de los hombres y mujeres del campo. Es una pastoral que se coloca en la perspectiva de una nueva sociedad digna de hombres y mujeres donde la tierra y la naturaleza en general sean un bien común. Como Iglesia y comunidad de fe que somos, impulsados por las exigencias del Evangelio desde nuestra fe en Jesucristo, en actitud pastoral, es decir desde nuestra práctica, hemos sido llamados sin excluir a nadie, a ponernos en comunión con la vida y al servicio de lo trabajadores rurales y campesinos y particularmente en una opción preferencial por los más pobres, tomando sus problemas, angustias y proyectos, para traerlos al interior de la Iglesia. Por lo tanto, el primer esfuerzo que debemos hacer es insertarnos y participar de la vida del campo, reconociendo allí el rostro del Dios vivo. La pastoral no es movimiento, ni una asociación o institución, es fundamentalmente un servicio en la línea de apoyo y acompañamiento a partir de las necesidades reales sentidas y vividas por los hombres y mujeres del campo. Por lo tanto, esta pastoral como tal no tiene ni debe tener un proyecto político o un modelo de estructura agraria o de construcción de nueva sociedad; su papel y misión es más de caminar al lado de los hombres y mujeres del campo, sembrando la semilla, alimentándola y buscando conjuntamente salidas y alternativas a una situación que requiere medidas urgentes a corto, mediano y largo plazo. b) Inspiración bíblica de la pastoral rural La Sagrada Escritura como Palabra de Dios es una fuente inagotable de vida y de esperanza para el pueblo de Dios. En este caso, el texto sagrado nos ofrece un material particular en los libros del Antiguo Testamento, precisamente por la importancia que tuvo la tierra para el pueblo de Israel; es allí, donde el Dios Yahvé, el Dios de la historia se revela. Ya en el Nuevo Testamento desde un contexto campesino en el cual Jesús retoma su compromiso con los más débiles (parábolas del Reino); la tierra adquiere un significado diferente y no menos importante. La salvación que viene de nuestro Señor Jesucristo y la esperanza en ella, se traduce en la búsqueda de un "nuevo cielo y una nueva tierra" (Ap. 21-22). La riqueza de los textos es inmensa. Sólo quiero referirme a algunos de ellos que nos ponen en el camino de la revelación. La más clara afirmación de la concepción bíblica de la tierra desde los libros del Pentateuco es cuando en el Levítico se afirma que no somos dueños de la tierra: "La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía y vosotros estáis en mi tierra como forasteros y huéspedes" (Lev 25,23). En este mismo capítulo del Levítico se definen las normas y las leyes que le permiten al pueblo de Israel proteger la tierra y tener acceso a la misma (año sabático y año de jubileo). En la época de Elías, el rey Ajab deseó comprar o cambiar la tierra del campesino Nabot por otra mejor -Nabot es hoy el símbolo del campesino pobre que ha sido desplazado o asesinado- a lo que Nabot le responde: "Líbrame Dios que vaya a dar la herencia de mis padres" (1 Re 21,3). El Deuteronomio se convierte también en un canto maravilloso a la tierra soñada por el pueblo y por todos nosotros: "Yahvé, tu Dios va a introducirte en esta tierra buena, tierra de arroyos y de vertientes..., tierra de trigo y de cebada, de viñas e higueras, de granados y de olivos, tierra de aceite y miel. Tierra donde el pan que comas no será racionado y donde nada te faltará... Comerás hasta saciarte y bendecirás a Yahvé por el buen país que te dio". La riqueza de los textos proféticos es apreciable. En general hombres sencillos, varios de ellos de origen campesino, asumieron un papel crítico, pero a la vez esperanzador. En el Nuevo Testamento, la práctica mesiánica de Jesús, revela en las parábolas del Reino experiencias de la vida de los campesinos de Galilea que hoy para nosotros y para la pastoral de la tierra, son una invitación a poner toda nuestra confianza en el Dios de la vida, a pesar de realidades adversas con las que nos encontramos frecuentemente: "Una campesino echa una semilla en la tierra; esté dormido o despierto, de noche o de día, la semilla, sin que él sepa cómo, germina y crece" (Mt 4,26ss). En síntesis, en la promesa de la bienaventuranza, la tierra la poseerán los mansos o bien los pobres de Yahvé, aquellos que han sido capaces de vivir con fe y esperanza las promesas del Dios resucitado. c) La doctrina social de la Iglesia fuente de la pastoral rural La doctrina social de la Iglesia debe ser la fuente de inspiración de una pastoral rural o de la tierra. El tema de la propiedad, su sentido y la justa distribución de bienes y riquezas, como el derecho de los pobres, ocupa un lugar destacado en el pensamiento patrístico. Los santos padres, particularmente San Juan Crisóstomo, San Basilio, San Gregorio Niceno y San Ambrosio, nos presentan en sus escritos y homilías dos reglas de oro que hoy son más actuales que nunca: sólo somos administradores de la tierra y el destino de los bienes es común. Hace más de 100 años la Iglesia en su doctrina se ha fijado en el tema de la tierra. Desde la "Rerum Novarum" del Papa León XIII (1891) seguido del Papa Pío XI ya se propone un nuevo orden social. El Vaticano II en su constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, continuando con las grandes líneas de renovación del Papa campesino Juan XXIII, pide fomentar condiciones dignas de trabajo, refiriéndose explícitamente a las desigualdades económicas: "Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aún en los países menos desarrollados, viven en la opulencia o malgastan sin consideración...". El Vaticano II toca temas como la necesidad de la promoción técnica, el desarrollo de la función social de la propiedad, el problema del latifundio y la urgencia de una enseñanza conveniente. El Papa Paulo VI en su visita a Colombia en el año 1968 en su alocución en Mosquera a los campesinos colombianos, les expresaba como su pastor lo siguiente: "Vosotros sois signo, imagen y misterio de la presencia de Cristo, sois sacramento, es decir una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino... Habéis tomado conciencia de vuestras necesidades y de vuestros sufrimientos y, como otros muchos en el mundo, no podéis tolerar que estas condiciones perduren siempre sin poner solícito remedio". El Papa, Su Santidad Juan Pablo II, en su pontificado nos ofrece diversos textos que hacen alusión a la realidad del mundo del campo, es especialmente conocida su homilía ante los campesinos e indígenas en Oaxaca - México en el año 1979, donde afirma que sobre toda propiedad privada pesa o grava siempre una hipoteca social que no podemos olvidar; en el año 80 en Recife - Brasil, el mismo Papa, hace un serio cuestionamiento al modelo de desarrollo imperante y contrapone a ello la tierra como don de Dios para toda la humanidad. El documento de Puebla del año 79 hace eco de la doctrina del Papa: "Los bienes y riquezas del mundo, por su origen y naturaleza, según voluntad del Creador, son para servir efectivamente a la utilidad y provecho de todos y cada uno de los hombres y los pueblos. De ahí que a todos y a cada uno le compete un derecho primario y fundamental, absolutamente inviolable, de usar solidariamente esos bienes, en la medida de lo necesario, para una realización digna de la persona humana. Todos los demás derechos, también el de propiedad y libre comercio le están subordinados". Su Santidad Juan Pablo II, en su discurso a los participantes en la conferencia mundial para la reforma agraria en el año 1979 les expresó: "En el estado actual de las cosas, dentro de cada país tiene que preverse una reforma agraria, que implique una reorganización de la propiedad de la tierra y la asignación de suelo productivo a los labradores, de forma estable y con disfrute directo...". A otro nivel, desde el magisterio de la Iglesia en estas dos últimas décadas, se ha avanzado en la comprensión y en el pensamiento ambiental tan novedoso. Desde la misma doctrina, se ha definido a la naturaleza y a la tierra no sólo como fuente y sustento de vida, regalo y don divino, sino también con una verdadera proyección social. En el año 1987 el mismo Papa Juan Pablo II en Punta Arenas - Chile, refiriéndose a la realidad ambiental ya nos alertaba cuando afirmaba: "En no pocas regiones del mundo nos encontramos ante peligros y amenazas a la ecología, que no sólo causa gravísimos daños al esplendor de la naturaleza, sino que afectan gravemente al ser humano, al atentar contra su equilibrio vital y su futuro". 3. DIMENSIONES DE LA PASTORAL RURAL La pastoral rural o de la tierra para el buen desarrollo de una acción integral que sería lo más conveniente, se desarrolla a través de varias dimensiones: económica, social, política, ambiental, cultural-religiosa, bíblica, teológica, eclesial, espiritual, ecuménica e interinstitucional, las cuales trataré de describir brevemente sin que podamos ahondar en cada una de ellas. Económica Nuestra visión del desarrollo no es solo económica; el crecimiento económico tampoco es garantía de justicia y equidad. Desde la pastoral el desarrollo debe ser sostenible, es decir integrando los aspectos ya señalados. La población rural desafortunadamente no ha recibido por parte del Estado una atención prioritaria a sus necesidades e intereses sociales y económicos. Una pastoral rural debería contribuir en la búsqueda común de alternativas socio-económicas en proyectos y procesos locales o regionales, donde no podemos ni estar solos, ni creernos que somos los únicos. El problema del hambre que es algo tan álgido y que toca la situación económica de la mayoría de la población, se puede convertir perfectamente en uno de nuestros focos principales de atención como Iglesia. A mi manera de ver, vale la pena conocer más de cerca y porqué no aprender de la campaña contra el hambre, que ha lanzado recientemente la Iglesia brasileña que de una u otra manera se conecta con el programa "hambre cero" del actual gobierno del presidente Lula. Social No se trata únicamente de presentar soluciones técnicas, sino más bien de tocar aspectos sociales y humanos a la luz de la dignidad humana, del bien común y del amor cristiano. La problemática social es indescriptible y nuestra acción debe tocar los puntos álgidos de la misma. Política Su Santidad Pío XII afirmó que: "La política es la forma más alta de la caridad". Estando muy de acuerdo con el Pontífice, una pastoral debe tener a su interior un modelo abierto de participación, en el cual el centro sean las comunidades. La Iglesia acompaña, más que controla; su papel es de servidora, más que de dirigente; es decir, tiene como empeño la construcción de un sujeto individual y colectivo, ayudándole a tomar decisiones y acciones en función de un bien común. No se trata de que la pastoral dispute poder con organizaciones campesinas o populares en el campo; se trata de acompañarlos críticamente y ayudarles a la construcción de tejido social respetando su autonomía. Ambiental La tierra es permanentemente profanada. Es imperante un "mea culpa" y una reconsideración de una "teología de la creación" o de una interpretación del texto bíblico sobre el dominio de la naturaleza (Gn 1,28). Como cultura occidental-cristiana que somos, se nos acusa de haber impulsado el progreso de una manera un tanto suicida y arrogante con el medio ambiente, al considerarnos los reyes de la naturaleza y por lo mismo cómplices de un modelo de desarrollo depredador, sin que tuviéramos mucha conciencia de ello. Es urgente desde una pastoral rural contribuir a la defensa y protección del medio ambiente, a la búsqueda de una relación armónica con la naturaleza y a una ética ambiental, que reconozca las generaciones presentes y futuras. Por ejemplo, la campaña que hace la Iglesia y otros organismos ambientales actualmente con los ramos del domingo de ramos, no permitiendo que se hagan de la palma de cera, símbolo nacional y en proceso de extinción, es un paso y un símbolo en las acciones que la Iglesia puede emprender. Cultural- Religiosa La religión autóctona de las comunidades campesinas e indígenas es un tesoro de la experiencia de Dios que conserva nuestro pueblo. Ella ocupa un lugar especial en sus culturas; es desde allí, es decir desde la misma vivencia religiosa, que se nos hace un llamado a evangelizar las culturas y a inculturizar el evangelio. La pastoral rural debe ser un apoyo a la fe sencilla y vital de las comunidades en el campo, ayudándoles a crecer y madurar espiritualmente; es así que la religión popular debe ser problematizada, respetada y valorizada, rescatando las reservas proféticas y simbólicas de las creencias y prácticas religiosas de nuestro pueblo, como un factor de resistencia que a su vez dinamicen la acción eclesial. Sobre la experiencia religiosa, especialmente de las comunidades indígenas, el departamento de Misiones del CELAM afirma: "Todas sus experiencias, en las relaciones con la naturaleza y la comunidad, son vivencias religiosas en su sentido profundo. La tierra y el trabajo son una presencia y acción de Dios que los pueblos cultivan y desarrollan cotidianamente, y celebran litúrgicamente en infinidad de ritos y fiestas, estableciendo una comunión entre la naturaleza, el trabajo y la generosidad davidosa de Dios. Cualquier secularismo, mercantilismo y despojo de la tierra se convierte prácticamente en una destrucción directa de la comunidad y de la presencia y acción de Dios en ellas". Bíblica Quienes realizan una acción pastoral deben leer, meditar, orar y reflexionar la palabra de Dios como palabra reveladora, alimentado así su fe desde una base histórica y salvífica. Desde el mundo bíblico, partiendo de la historia del pueblo de Israel, Dios se revela particularmente en Jesucristo con palabras y acciones divinas. Desde allí aprenderemos a captar mejor la presencia de Dios en medio de nuestro caminar. Teológica La pastoral deberá involucrar un proceso de reflexión teológica con el fin de entender tanto del significado de las manifestaciones de Dios que salva en medio de esa realidad, como en los muchos y diversos intentos que hacemos en la búsqueda de una sociedad caracterizada por el amor, la justicia y la paz. Una lectura histórica crítica y socio-analítica de la realidad, articulada con la hermenéutica y la reflexión propiamente teológica, deben producir efectos en las prácticas pastorales. La teología debe nutrirse de la pastoral y de las prácticas concretas de las Iglesias locales, orientando a su vez la acción eclesial. En este sentido, la práctica eclesial pretende traducir en acciones, lo que ha sido analizado y juzgado a la luz de la fe. Eclesial La pastoral rural en su naturaleza debe ser una expresión de la eclesialidad; es decir, en su misión común como proyecto, como también en su comunicación, en sus vínculos, en su encuentro, en su solidaridad, en su interrelación, en su coordinación y en su estructura. En comunión con los pastores y en una concepción de pastoral integral, la eclesialidad es también entendida como la vivencia común de la fe en el propio trabajo arduo y difícil. Es una pastoral donde aparecen nuevos servicios y ministerios y crece la participación de los jóvenes y la mujer, tradicionalmente relegados en las zonas campesinas. Se crea por lo tanto, un nuevo ambiente donde la fraternidad y la solidaridad tan características del medio rural, abre caminos para las acciones eclesiales. En una perspectiva sacramental del mundo y del cosmos, para que la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo se pueda revelar en medio de la conflictividad como la que vivimos en Colombia, es necesario, que no sólo sea vivida en sus consecuencias sociales y políticas, sino alimentada y celebrada en gratuidad, expresando la verdadera relación con el Dios de la vida. Espiritual La pastoral rural conlleva una espiritualidad y una mística sensible a los signos de los tiempos. Es la espiritualidad del Reino que hace presente y vivo a Jesús resucitado en acciones concretas, expresando y haciendo real la promesa de la vida en abundancia (Jn). No se puede confundir espiritualidad con intimismo o espiritualismo; el intimismo concibe la salvación como algo exclusivamente de cada uno; el espiritualismo se manifiesta en una religión aislada de la vida, lo que el documento de Puebla denominó: "el espiritualismo de evasión". Al tener una mirada espiritual, nos aproximamos como afirmamos anteriormente, al santuario interior de los campesinos e indígenas a partir de su experiencia como creyentes, asumiéndola respetuosa y críticamente; por ello, la pastoral debe estimular y capacitar hombres y mujeres del campo a ocupar su espacio dentro de la Iglesia y hacer aflorar desde lo profundo de su espíritu, su fe y su relación con Dios, con la naturaleza y con sus hermanos y hermanas. En la liturgia como en las celebraciones en general, la espiritualidad debe ser vivida como un llamado a la conversión, al compromiso, a la fraternidad, a la contemplación, a la alabanza, al aumento de la fe y la esperanza y a la confianza en Dios Padre. Vivir la espiritualidad es alimentar la solidaridad con los excluidos de la tierra, reforzada y alimentada con la eucaristía como centro de la vida cristiana: es la liturgia de la ofrenda, del don, de la pascua. Ecuménica e interinstitucional Los problemas, angustias y dolores de los hombres y mujeres del campo no se limitan a los de las comunidades católicas. Es una problemática que une a los pobres del campo; es por ello, que es necesario tener una visión más amplia y si es posible plantear la necesidad de un trabajo ecuménico abierto y respetuoso. La pastoral no debe desunirnos; sin excluir la participación de otros y otras, no católicos o no creyentes, nuestro anuncio a través de la reflexión y la acción debe ser explícito, lo hacemos en nombre de Jesucristo y en un compromiso con el evangelio. 4. EXIGENCIAS Y DESAFÍOS DE UNA PASTORAL RURAL ¿Qué pasa hoy cuando al parecer la esperanza entra en crisis? ¿Qué hacemos y que haremos como Iglesia, para contribuir a que la sociedad colombiana pueda dar una respuesta a la situación y a la realidad del campo y así aportar a la construcción de una sociedad nueva en una relación armoniosa con la naturaleza?. Sin acciones concretas que respondan a una realidad crítica, pero a la vez esperanzadora, la Iglesia no podrá ser señal del amor de Dios por la naturaleza y por misma humanidad. Quisiera apuntar a algunas de las exigencias y desafíos que se nos plantean como Iglesia frente a la situación actual; muchos de estos desafíos ya están en curso; otros tendríamos que irlos haciendo efectivos. Soy consciente que son demasiados; sin embargo, no podemos perder la visión, sin la cual no será posible ser instrumentos del Reino de Dios; ese es el gran desafió. Esas exigencias y desafíos serían las siguientes: Hacer efectiva de manera testimonial nuestra fraternidad y solidaridad en una sociedad como la nuestra, marcada por el egoísmo e individualismo, la búsqueda del dinero fácil, el consumismo o el "sálvese quien pueda". Colocar nuestros medios y recursos económicos al servicio de los hombres y mujeres del campo, especialmente de aquellos que siguen siendo víctimas de la injusticia y de la violencia que se ha anidado en nuestros campos. Cuestionar de manera radical las condiciones actuales en que viven las comunidades rurales, permanentemente amenazadas en su subsistencia, condenando un sistema injusto que centra sus propuestas sociales, económicas y políticas en el libre mercado, como el ente que rige los destinos de la población y que ha sumido en la pobreza y miseria a tantos hombres y mujeres en nuestros campos. Denunciar proféticamente todo aquello que hiera o atente contra la dignidad de los hombres y mujeres del campo. Si nosotros no lo hacemos, quien lo puede hacer, para otros es más difícil. Insistir en la negación de la violencia, como medio para lograr cambios y transformaciones en nuestra sociedad, sentando nuestra enérgica protesta ante los grupos armados en la defensa y protección de los DDHH y el cumplimiento de las normas del DIH. No desfallecer en la incansable lucha por la paz, protegiendo y sacando a la población civil del conflicto, reduciendo su intensidad, acercando a los distantes al dialogo, siendo garantes de buenos oficios y buscando caminos de reconciliación. Hacer análisis y participar en investigaciones y reflexiones que nos ayuden a entender con una perspectiva histórica y no meramente coyuntural la realidad que se vive en el campo actualmente. Partir para cualquier acción de la cosmovisión, de los intereses, necesidades, potencialidades, acumulados de experiencias y sabiduría de los hombres y mujeres del campo, en un gran respeto por sus culturas milenarias. Denunciar la agresión a la naturaleza, condicionada por el lucro a erosionar los suelos, devastar los bosques, atentar contra la biodiversidad, desperdiciar y disminuir las fuentes de agua, producir indiscriminadamente, hacer un uso inapropiado de los agroquímicos, etc. No todo es permitido, ni es lícito. Contribuir a la reflexión, al análisis y a la búsqueda de salidas o propuestas a nivel nacional e internacional, que enfrenten la problemática de la deuda externa e interna tan gravosa y que agobia a los países del tercer mundo. Impulsar, contribuir y participar en la formulación de propuestas de Desarrollo Regional Sostenible, que sean una respuesta a las condiciones de pobreza y miseria que viven gran parte de la población de nuestras regiones, tanto del campo como de la ciudad. No podemos pensar sólo en soluciones de corto plazo o en proyectos puntuales y locales únicamente, es necesario tener una visión de región, de nación, de proceso y por ello mismo, de largo alcance. Enfrentar la problemática social, económica, política y cultural de manera integral haciendo propuestas viables. Posiblemente, sólo mediante una profunda reforma agraria y significativos cambios estructurales, se llegará a contribuir en la transformación de las condiciones de vida del campo. Acompañar y fortalecer las comunidades y organizaciones del campo. Tener en cuenta el "Mandato campesino", surgido del reciente congreso agrario nacional, que ha intentado un camino de unidad. Desarrollar acciones de ayuda humanitaria requerida por la población, sin quedarnos únicamente en este tipo de prácticas, ya que en ocasiones, nos convertimos en actores funcionales y útiles a un sistema injusto o a unos actores armados, que son los responsables del desplazamiento y de la violencia instaurada en medio del conflicto interno que vivimos. Toda acción humanitaria, deberá por lo tanto tener una perspectiva de reconstrucción de los sujetos con una mirada hacía el desarrollo integral. Abogar por el derecho a la tierra, a defenderla y a retornar a ella (retorno de familias desplazadas y otros), apoyando los esfuerzos por cambios y transformaciones estructurales, que posibiliten el acceso a la tierra y a los recursos para trabajarla y cuidarla dignamente. Animar y apoyar una reflexión en el marco de la legislación internacional en Derechos Humanos sobre el medio ambiente, la tierra, el agua y los recursos naturales (Cumbre de la Tierra - Río de Janeiro; 10 años de Rio, Cumbre de la sostenibilidad-Johannesburgo). Comprometernos con la ecología y el medio ambiente, protegiendo la naturaleza y nuestra tierra (derechos de la naturaleza como derechos de la vida misma); como lo expresa una comunidad indígena: "No es que la tierra sea de nosotros, sino que nosotros somos de la tierra". Apoyar soluciones sean familiares, comunitarias o colectivas al uso de la tierra desde una perspectiva de la seguridad y de la soberanía alimentaria. Propender por una agricultura orgánica. No tener una mirada simplista y porqué no decirlo moralista del fenómeno de los campesinos pobres que siembran y cultivan la planta de la coca o de la amapola. No podemos criminalizar simplemente a los que la cultivan, que hoy viven el drama de querer salir de unas condiciones sociales a las cuales se han visto sometidos. Nuestra tarea es aportar en la búsqueda de propuestas y alternativas que no han sido fáciles de encontrar. Reflexionar las implicaciones sociales, económicas, culturales y éticas que traen los transgénicos o bien los organismos modificados genéticamente, como también el ALCA, tema controvertido que podría traer consecuencias nefastas para nuestras comunidades de campesinos, indígenas, pescadores, mineros o afrocolombianos. Impulsar, desarrollar y aportar en los procesos de formación y educación para el mayor número de personas ligadas al campo, especialmente de los jóvenes, adaptándola y ajustándola a las realidades propias de la realidad agraria y la de sus culturas. En este sentido, hay diversas experiencias eclesiales, que se han comprometido con este desafío; un ejemplo de ello es el bachillerato SAT, que ha sido de gran ayuda para las comunidades y sobretodo para los jóvenes que tienen pocas alternativas en el campo. No perder los nexos entre la ciudades, poblaciones urbanas y el campo. Interconectar, asesorar y dinamizar los que trabajan pastoralmente con las comunidades campesinas rurales y urbanas. Confiar en la capacidad que tienen las comunidades como sujetos de la pastoral para organizarse y conducir su destino. Impulsar grupos y comunidades de fe que iluminadas por el evangelio y la doctrina social de la Iglesia, adquieran una visión crítica y actúen diligentemente y de manera eficaz frente a los desafíos que nos plantea la sociedad actual. Hacer sentir a los hombres y mujeres del campo que hacen parte de la Iglesia, del pueblo de Dios, valorando lo que son y tienen; celebrando sus sufrimientos y esperanzas. Apoyar y estimular a los animadores y agentes de pastoral rural o miembros de organismos gubernamentales y no gubernamentales a procesos de concertación al servicio de las comunidades del campo. Promover una reflexión bíblica y teológica desde la realidad rural con una perspectiva esperanzadora y transformadora. La tierra es una clave de lectura de la revelación divina en la historia del pueblo de Israel. Incentivar una espiritualidad de la naturaleza y de la tierra, que alimente las prácticas de los agentes de pastoral y en general de la Iglesia. Renovar y alimentar nuestra fe y esperanza en el Señor Jesús, convencidos de su fuerza transformadora. Acompañar y animar a las comunidades rurales en sus celebraciones litúrgicas, como expresión de su fe y de su vida. Avanzar en una propuesta de estructura orgánica a nivel nacional, provincial, diocesana y parroquial que permita responder de manera conjunta dentro de una visión de pastoral amplia y de conjunto a los desafíos de la realidad actual. Me atrevería a pensar y sugerir si es el caso en varias personas dedicadas a esta labor a través de un equipo a nivel nacional que acompañe dicha pastoral; en responsables en las diócesis ojalá de tiempo completo, en un plan de formación y capacitación para agentes de pastoral rural, en intercambios y aprendizajes a partir de experiencias que se realizan en diversos rincones del país, en eventos de análisis de coyuntura sobre la situación del campo hoy y en espacios celebrativos y de reflexión teológica-espiritual. Todo ello no es posible sin recursos; por ello, se nos exige también creatividad, persistencia, búsqueda de alternativas y sobretodo una buena gestión local y global. A partir de nuestra propia realidad y teniendo en cuenta el drama del desplazamiento en nuestro país, considero que hay exigencias y desafíos propios de un trabajo con este tipo de poblaciones, que serían también parte de una pastoral rural o de la tierra, ligada a los programas o proyectos de movilidad humana. Estos desafíos serían los siguientes: Reducir y prevenir la vulnerabilidad de las comunidades potencialmente desplazables (alertas tempranas). Cultivar espacios para la interioridad de las personas o familias desplazadas que conlleve a un encuentro consigo mismo y a una reconstrucción del sujeto disponible a convertirse en instrumento del amor misericordioso de Dios. Sentir en las entrañas a la manera de Jesús el dolor del otro o de la otra, de tal manera que se mueva lo más profundo de lo que somos y tenemos, para actuar a favor de cada persona. El motor de la acción es el principio de la misericordia. Es una Iglesia que acoge a cada una de las personas de la población desplazada como el hermano o la hermana y miembro de la comunidad que es. Hacer un adecuado análisis en toda su complejidad y diversidad desde el horizonte de las familias y de las comunidades desplazadas. Defender las poblaciones desplazadas, garantizándoles el derecho a una vida digna, buscando que no sean estigmatizados y vinculándolos a procesos de desarrollo social. Escuchar la voz de los desplazados, animarlos en su esperanza y apoyarlos en su organización pasando del asistensialismo a una promoción integral y a la reconstrucción de su propia vida, sin generar "inválidos sociales". Lograr una pertinente intervención social definiendo el tipo de acción a realizar, precisando lo que se quiere alcanzar, operativizandolo a través de líneas de acción, determinando los responsables de la acción, la metodología a emplear y los recursos con los que se cuentan. Exigir al Estado que cumpla con sus obligaciones (ley 387) y actuar de manera concertada con otros actores sociales. Lograr un trabajo litúrgico y catequético que se adecue a la situación de las familias desplazadas, que responda a la experiencia real de Dios en ellos. Cómo expresarles a los desplazados que Dios los ama? Cómo celebrar la vida en medio del dolor, la angustia, el miedo, la inseguridad y la incertidumbre? Alimentar y mantener viva la esperanza, de tal manera que no perdamos de vista el sueño de una vida digna a imagen de Dios. A partir de este reto nos viene como anillo al dedo el texto de la Plegaria Eucarística V/B: "Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna ante el hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando". Terminaría agradeciéndoles a ustedes su paciencia ofreciéndoles dos textos bíblicos del profeta Joel que nos pueden inspirar y que describen una realidad semejante a la nuestra: "¡No hay fruto que ofrecer en la Casa de Yahvé! El campo ha sido desolado, la tierra está de duelo..., porque se ha perdido la cosecha del trigo; ha faltado el vino y el aceite se nos ha terminado. Consternaos labradores..., se nos ha ido la alegría como avergonzada" (Jl 1,9-12). El profeta a la vez, anuncia una nueva acción de Dios: "Mirad que os envío trigo, vino y aceite, de suerte que podáis saciaros, ya no os expondré a los insultos de las naciones..., No temas tierra, alégrate..." (Jn 2,18ss). Esa es nuestra esperanza. Pidámosele al Señor que nos fortalezca e ilumine en esta hora decisiva, para que podamos dar testimonio de unidad como Iglesia, petición esta que el mismo Señor Jesús hizo en el momento de ofrecer su vida por nosotros (Juan 17). Cualquier aporte, observación, crítica o comentario de ustedes al texto será bienvenido. Mil gracias. |








