Deberíamos llamar el fenómeno de moda en nuestra amada Colombia, “Carcelitis”. Toda afrenta, todo traspaso de la línea, ahora debe ser pagado con cárcel; pareciera que se agotaron los argumentos para educar o resocializar a quien comete afrentas a la ley.
Parece que no hay, por tanto, políticas preventivas ni pasadas, ni presentes, ni futuras que vislumbre un futuro social diferente. En un país donde se trasgrede la ley, los derechos humanos, se violenta la dignidad de niños, mujeres y adultos mayores, donde la insurgencia pareciera tuviera más espacio, donde la corrupción es el pan nuestro de cada día, donde los hombres que parecían de bien ya no lo son, solo aparece como solución algo que se ha convertido en imperativo: la cárcel (lugar -originalmente- de resocialización). Nuestros políticos, gobernantes y hasta mucha gente cegada por el dolor, quisieran meter a todo colombiano trasgresor en la cárcel, por ello se escucha la necesidad de mas cárceles, con más capacidad, con un derroche de presupuesto nunca antes visto en el territorio nacional.
Sin embargo, poco se escucha de la necesidad de educar, de construir colegios integrales, de mejorar las condiciones sociales de la gente más necesitada, al contrario, la brecha entre pobres y ricos es más grande y hasta se puede decir que, ya no es una brecha entre grupos sociales, sino entre pobres sobrevivientes y pocos ricos que amasan dinero a costa de lo que sea, generando así un desequilibrio social, que marca la vida de muchos y deja vacíos difíciles de sopesar.
Sí es verdad que quien comete delitos debe pagar por la falta cometida, pero también es cierto que la pena debe ser congruente con la falta. Es bien sabido que para ello está la cárcel, como sitio fundamental de resocialización y de ayuda para que la persona trasgresora pueda entrar nuevamente en contacto con la sociedad a la cual mancilló.
Cuando vemos la realidad de nuestros sitios de reclusión tenemos que preguntarnos si de verdad son sitios de resocialización o depósitos donde se abandona lo que no sirve, y si nos fijamos detalladamente, hasta en ocasiones se reza legalmente para que nunca salgan de aquel sitio o para que los que logran pagar la pena salgan peor de cómo ingresaron; por ello el apelativo de universidades del delito, donde el que entra inocente sale con deseos de venganza, con odio y con una vida psíquicamente destruida, por no decir, espiritualmente.
Nuestra sociedad con la pérdida de valores ha generado toda clase de aberraciones tales como: masacres, violaciones de niños, abusos y asesinatos indiscriminados de adolescentes, por eso debemos preguntarnos todos los que hacemos parte de la sociedad si de verdad quien delinque ¿es delincuente o es consecuencia del actuar de una sociedad, desquebrajada y oscura?
No queremos decir que no exista el delito o la necesidad de la pena, pero no podemos negar que la situación delictiva de muchos no debe ser causa de la aplicación de la ley del talión “ojo por ojo…”, el delito no debe generar en algunos la histeria política o rencores superiores a la falta. La justicia, buena o no, es quien ha de determinar la gravedad de la falta, a ella le hemos delegado la toma de decisiones sobre aquellos que rompen con los parámetros sociales, por tanto no podemos tomar la justicia en nuestra manos, aunque el delito nos duela, no debe ser forma de escalar política o económicamente, generando una sociedad llena de odio y rencor.
Todo ser humano debe ser educado y recibir las posibilidades de la corrección de sus faltas; de ser ayudado y apoyado en su resocialización, pero no se puede generar políticas que lleven a enterrar en lugares oscuros y llenos de horror a quienes la sociedad misma ha forjado; la cárcel ha de ser un lugar de reflexión, de educación y de crecimiento, para luego, demostrar que todo hombre erra y así mismo puede enderezar su camino; pero si por cada falta debe haber cárcel, todos deberíamos estar en la cárcel, porque la humanidad muchas veces nos pesa y nos juega mal.
Pedir cárcel por todo y no generar espacios de prevención delictiva o propender por penas llenas de odio y rencor, es reconocer que la sociedad se ha dañado y no puede corregir lo que ella misma ha generado, aún más que solo sirve para castigar.
Por ello, ha de existir la pena, el pago por el delito, pero en justicia y con el deseo de educar y devolver hombres de bien a la sociedad. Cuando un Estado es capaz de resocializar demuestra que ha alcanzado la civilización, por todo ello la cadena perpetua, parte de la carcelitis, no ha de aplicarse en nuestro país, han aplicarse las penas consagradas en el derecho, así sea la máxima de 60 años, pero con el meta de ayudar a quien ha fallado, en eso consiste la racionalidad y la justicia y hasta la misericordia de la que hablamos todos.
Fuente: El Catolicismo
Luis Ángel Cuenca S, Pbro. Zona Inmaculada Concepción, 09 de agosto de 2011