Nuestro Dios es un Dios que trabaja. En el Génesis, la Biblia nos dice que “Dios concluyó todo su trabajo”.
La Biblia nos habla, pues, del trabajo de Dios, aunque sea una expresión metafórica, un modo de hablar. La Biblia no tiene ningún reparo en hablar de Dios como alguien que trabaja.
Podemos conocer el objeto del trabajo de Dios: la tierra, la creación, las cosas, la vegetación, la vida. Nosotros mismo somos el objeto de este maravilloso trabajo de Dios. Somos fruto de su trabajo.
El trabajo de Dios es un trabajo libre; un trabajo que Él realiza con plena libertad, como para expresarse espontáneamente. Es un trabajo creativo, rico en inventiva lleno de satisfacción.
La escritura por tanto con palabras humanas, con palabras que inventamos nosotros para percibir algo del infinito misterio de Dios, dice que su trabajo es un trabajo libre, espontáneo y creativo que da fruto y satisfacción al que lo realiza.
Por eso nosotros, cuando hablamos del trabajo humano, estamos invitados a sostener que, si el hombres está creado a imagen de Dios, también su trabajo esta concebido a imagen del trabajo de Dios.
En consecuencia, el trabajo humano está destinado, en el plan de Dios, hacer un trabajo libre espontáneo y creativo, un trabajo que satisfaga a quien lo hace y en el que el trabajador se exprese a sí mismo.
El está en la realidad del designio de Dios. Él trabaja por nosotros y nos pone en el compromiso de trabajar.
Un compromiso como el suyo incluido en su designio de amor: empeño creativo, espontáneo, lleno de satisfacción y alegría.
Pero existe el designio redentor de salvación, el designio de redención del trabajo humano, y no lo vemos solo en el trabajo de Dios, sino también en el trabajo de Jesús, en el de José y María y en el de todos los que han vivido de cerca la redención del mundo.
Esta es la extraordinaria tarea que tenemos delante, el empeño que desde hace mucho tiempo anida en el corazón de millones, de miles de millones de hombres en todo el mundo, es el amplio Movimiento Obrero que integra a todas las personas de buena voluntad: hacer que el trabajo sea cada vez más parecido al del designio de Dios, cada vez más cercano a la persona, más sometido al hombre que sirva a éste para expresarse mejor, que permita a quien lo hace disfrutar de Él y sentirse satisfechos al contemplarlo. Esto, que puede parecer un sueño es por el contrario un largo camino a recorrer. Es un camino difícil, porque hay ocasiones en que nos parece haber alcanzado ya uno de esos objetivos (por ejemplo, la disminución del cansancio del trabajo físico), pero caemos en otros inconvenientes, por ejemplo, en la monotonía, en la rutina y en el anonimato.
Y entonces tenemos que retomar el trabajo para hacerlo mejor, es decir, para hacer que el trabajo sea expresión de la libertad y de la dignidad del hombre y de la mujer que producen algo verdadero y bueno. Se trata, como hemos dicho de una tarea difícil, de un camino del que ya se han cubierto algunas etapas, aunque aún nos quedan una cuantas, porque nos exigen repensar nuestra sociedad, nuestro modo de vivir y hasta nuestro modo de disfrutar y consumir las cosas.
Se trata de poner en primer plano los valores humanos, poniéndolos por encima de la satisfacción del momento, del beneficio, del consumo por el consumo, por encima de todo lo que, de un modo o de otro, amenaza en degradar, misteriosa, pero rápidamente, el funcionamiento de nuestra sociedad.
No podemos caminar tristemente, como si ya nada pudiera cambiar. Tampoco podemos hacernos ilusiones de que esos objetivos se alcanzarán por medio de algún milagro de quien sabe donde. Éste proceso se nos ha confiado a nosotros, a nuestra esperanza, a nuestro coraje y a nuestra fe.
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, 02 de mayo de 2011