Se acerca de nuevo el fin de año y entre planes y despedidas, empezamos a presenciar la comedia en la que pareciera haberse convertido la negociación del salario mínimo para el siguiente año.
Los protagonistas de esta obra, el Ministro de Hacienda y los gremios y sindicatos, no parecen vivir en Colombia y definitivamente no tienen ni idea de para qué sirve el salario mínimo en nuestro país. Ellos están sumidos en una comedia teatral, donde, desde sus elegantes oficinas, creen tratar un tema ligero que llegará a un final feliz para los casi dos millones de colombianos que tendrán que sobrevivir con una mesada que, tal vez, no llegue a los quinientos treinta mil pesos, el próximo año.
Pero quien habla de la vida real, quien camina por las calles de nuestras ciudades, quien va a las tiendas donde la mayoría debe mercar, quien sabe de los malabarismos que implica pagar los servicios públicos, quien habla de esas personas a quienes no les interesa en cuánto se incrementará el salario mínimo, porque de cualquier manera no hará ningún cambio en sus canastos de mercado, ni en sus posibilidades de ahorro o mejoramiento en sus calidades de vida.
La vida real en Colombia, con el salario mínimo, no es una comedia, es un verdadero drama con finales desalentadores para muchas familias que no ven una esperanza de progreso año tras año. Que viven igual con incremento o sin incremento, porque de todas maneras deben continuar en el “rebusque” que les permita compensar lo que sus salarios no cubren. Que viven sin posibilidades de estudio, diversión o descanso, porque no pueden dejar de pagar lo mínimo para lo que el salario mínimo no alcanza.
Y la comedia de la negociación sigue ahí, aunque al final, sea el Gobierno en toda su sapiencia, quien decrete cuál será el incremento, ante el cual todos callarán: trabajadores, sindicatos y gremios, que dicen representar a la fuerza laboral del país para abogar por sus intereses. ¿Cómo pueden vivir estos protagonistas de comedia, sabiendo que han pasado de largo por el camino, dejando a los heridos que viven con el salario mínimo tirados a la vera?, ¿dónde están los samaritanos que podrían rescatarlos y curarlos, para ver sus vidas dignificadas y nuestra sociedad, al fin, en vía de desarrollo?
Espero que en las conciencias de los empresarios colombianos, en las de los dirigentes gremiales, en las de los legisladores, en las de los representantes de los sindicatos, en la del dr. Zuluaga y en las nuestras, que los elegiremos en las urnas, en las próximas elecciones.
Pero la función debe continuar. La de la comedia y la del drama, que entrelazadas en los hilos de los medios y las políticas del gobierno para atraer la inversión extranjera y enfrentar la globalización, irán creando los imaginarios que alimentarán los criterios de lo colombianos, respecto a la calidad de vida que nos deparará el 2010.
Fuente: El Catolicismo
Alexandra Guerrero, 13 de noviembre de 2009