La irresponsabilidad social y ecológica de industrias altamente contaminantes juega con intereses privados y costos públicos, ya que el aire contaminado tiene que ser costo vital pagado por la sociedad, para beneficiar a los individuos que son dueños de las empresas.
El bien común exige que todos podamos respirar un aire sano. El compromiso ecológico es uno de los más cercanos al ideal de la democracia, porque supone que hay que vivirlo cotidianamente, en múltiples actividades de la vida y con sentido de responsabilidad por el impacto de nuestras acciones en los efectos ecológicos que suponen derechos de los demás a una atmósfera sana.
El compromiso ecológico obliga a cada ser humano a la racionalidad en el modo de disponer de los residuos de alimentación, utensilios, desechos del trabajo, etc.... La irresponsabilidad social y ecológica de industrias altamente contaminantes juega con intereses privados y costos públicos, ya que el aire contaminado tiene que ser costo vital pagado por la sociedad, para beneficiar a los individuos que son dueños de las empresas. En tales circunstancias es imperativo deber del Estado, exigir costos individuales y beneficios sociales, por dispositivos de purificación del aire y del agua, aunque ellos sean costosos a las empresas. La naturaleza no es un bien a disposición de los industriales para contaminarla; es un bien de todos y que todos debemos custodiar.
Una producción industrial respetuosa de la realidad ecológica se impondrá a largo plazo en el mercado incluso sobre los factores de precio. La calidad de los productos ha sido siempre considerada como elemento decisivo en el consumo. Se prefieren los productos sanos a los bonitos o baratos.
Hay que tomar la ecología como responsabilidad universal: de todas las personas, en todos los lugares del mundo y para todos los tiempos. Nada conseguimos si unos pocos limpian y el resto produce polución ambiental; ni el que esta producción se produzca en un lugar del mundo cuando afecta a todos porque la atmósfera terrestre es nuestro patrimonio común. Por primera vez en la historia de la civilización humana podemos ver que es patrimonio de toda la humanidad. El problema de la disminución del ozono no afecta a un país es el globo terráqueo el que puede sufrir las consecuencias de los deshielos polares o el incremento gradual de la temperatura en los océanos; playas enteras de todas las geografías desaparecerán.
Pero también la ecología nos educa para una responsabilidad futura. Todos los recursos de la naturaleza son agotables sino se defiende el ciclo natural de su restablecimiento. Hoy podemos tomar todos agua. Hay científicos que predicen que el agua será en un futuro un bien tan escaso que originará guerras como las actuales por el petróleo.
Introducir una economía ecológica cuya prioridad sea la defensa del ecosistema con el cumplimiento de estándares internacionales vigentes. Esto significa modificaciones sustanciales en los esquemas de producción, de inversión, comercio y consumo.
La política ante una economía ecológica aparece para algunos cristianos, algunas veces como una actividad poco limpia, lugar de muchas complicidades y corrupción. Es necesario recuperar la dignidad de la vocación política en este campo. Es un espacio de posibilidades de mucho bien y de servicios reales a los más excluidos de la sociedad. Pero esto requiere el trabajo en los dos campos: en el ejercicio mismo del poder y en el de la sociedad civil que controla, exige, propone constructivamente.
El pluralismo de opciones políticas y la secularización provocan un alejamiento por parte del político cristiano respecto de la comunidad eclesial. El político comprometido desde su fe necesita de la Iglesia, para encontrar en ella estímulos para la creatividad. Principios fundados en la Antropología cristiana y en las exigencias éticas de la fe, sustentado todo ello por el “Principio Cristológico” del señorío de Cristo que es el mismo redentor de la humanidad, y el “Principio Eclesiológico” que hace a la Iglesia servidora de la humanidad a través del anuncio del Evangelio del Reino.
La política en el campo ecológico es el lugar del testimonio de las virtudes cristianas. La economía ecológica tiene objetivamente mucho sentido porque es una participación de la acción de Dios, Creador de la naturaleza que debemos conservar, no solo por un trabajo que transforma la naturaleza, sino sobretodo, porque es una misión en la línea de la libertad humana. La tarea política en el campo ecológico es ayudar a que la humanidad por sí misma cambie y mejore su entorno natural.
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, Director, 09 de junio de 2008