Con su Ascensión al cielo, Jesús, en su naturaleza humana, y en Él cada uno de nosotros, fue puesto definitivamente junto a Dios. Jesús, mediador entre Dios y los hombres, juez del mundo y Señor del universo, no nos ha abandonado a la pobreza de nuestra condición humana: nos ha precedido en la morada eterna para damos la esperanza firme que donde está Él, cabeza y primogénito, estaremos también nosotros, sus miembros.
Con su Ascensión al cielo, Jesús, en su naturaleza humana, y en Él cada uno de nosotros, fue puesto definitivamente junto a Dios. Jesús, mediador entre Dios y los hombres, juez del mundo y Señor del universo, no nos ha abandonado a la pobreza de nuestra condición humana: nos ha precedido en la morada eterna para damos la esperanza firme que donde está Él, cabeza y primogénito, estaremos también nosotros, sus miembros.
La Ascensión nos lleva a pensar en el futuro de nuestra esperanza, nos hace mirar a lo alto como los discípulos de los que hablan los Hechos de los Apóstoles.
Enseguida nos brota una pregunta: ¿no nos podría distraer de nuestra tarea diaria el estar mirando a lo alto? ¿no hay al menos una pizca de reprobación en las palabras de los ángeles a los apóstoles: “galileos, ¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?”.
Si miramos a lo alto, al estadio que Jesús ha alcanzado como situación definitiva de la humanidad, y luego miramos alrededor, la amargura y la desilusión se pueden apoderar de nosotros. Sentimos no estar aún en el estadio definitivo, sentimos ser todavía caminantes, nos faltan muchas cosas, otras no funcionan, otras siguen siendo deplorables a nuestro alrededor, nos desilusionan o nos hacen sufrir, y en medio de esta realidad negativa que nos rodea, dirigimos nuestra mirada con el deseo puesto en el tiempo del estadio perfecto.
Pero esa realidad perfecta a la que aspiramos no está lejos de nosotros, no es sólo objeto de nuestro deseo. Las mismas palabras que nos anuncian que Jesús está ya en la realidad del Reino definitivo, afirman que un día volverá. Quiere decirse, entonces, que el Reino está destinado a invadir todo lo demás, a penetrar nuestra vida entera y a transformarla de acuerdo con la fuerza del Reino de Dios que se ha manifestado ya plenamente en Jesús.
A nuestra pregunta, ¿cuándo volverá? ¿cuándo tendrá lugar ese retorno de la realidad definitiva?, los Hechos de los Apóstoles responden que el retorno comienza enseguida, que comienza a partir de Pentecostés. Pentecostés es el primer acto del retorno de Jesús que toma posesión del mundo. De hecho, la última afirmación del evangelio de Mateo dice: “Mirad que yo estoy con vosotros cada día”.
Jesús está junto a Dios en el Reino perfecto, definitivo, y al mismo tiempo está con nosotros todos y cada uno de los días, está con su Iglesia: Jesús glorioso y poderoso está en nosotros y con nosotros, está en nuestras manos para que podarnos construir una sociedad más justa, está en nuestra mente para que podarnos discernir lo verdadero y lo bueno; está en nuestro corazón para que podarnos decidimos por lo que conduce a la vida y al amor. Vive en nosotros, con la plenitud de vida de Dios que Jesús ha hecho suya, también como hombre, desde el momento de la Ascensión; vive en nosotros por el don del Espíritu, “la extraordinaria riqueza de su poder”, como dice Pablo, “la riqueza de su poder hacia nosotros los creyentes vive en nosotros con la eficacia de su fuerza”.
Si mirando a lo alto y contemplando la realidad definitiva de la Jerusalén celeste encontrábamos a nuestro alrededor tantas cosas de las que lamentarnos, tantos motivos de pesimismo y de desilusión o desesperanza, tenemos que aprender a mirar a Cristo en nosotros, aprender a vemos dotados, por el don de la Ascensión, de la presencia en nuestro corazón del Espíritu Santo: podremos entonces darnos cuenta de la eficacia de su fuerza actuante en la Iglesia. La veremos en todas las realidades de la vida de la Iglesia en la que se manifiesta la fuerza del Espíritu y de su amor.
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, 15 de mayo de 2012