La cruz de Jesús es mensaje. Un mensaje que no comprendemos, sin embargo, si no hacemos el camino de Moisés, si no nos dejamos atrapar por la contemplación del fuego de la cruz es imposible comprender la cruz de Cristo y, la cruz del cristiano, sin un camino espiritual.
La cruz de Jesús es mensaje. Un mensaje que no comprendemos, sin embargo, si no hacemos el camino de Moisés, si no nos dejamos atrapar por la contemplación del fuego de la cruz es imposible comprender la cruz de Cristo y, la cruz del cristiano, sin un camino espiritual.
La cruz no tiene sentido para quien solo confía en la eficacia material, en los programas técnicos, en los proyectos sociales. No tiene sentido para quien no quiere dedicar tiempo y espacio a la vida interior, para quien sostiene que los problemas humanos puede resolverse sin tener en cuenta al hombre, su libertad y su corazón.
La cruz no dice nada, incluso es un obstáculo y crea dificultades a quien no sabe abrirse al misterio, a quien no acepta la Sabiduría que viene de arriba, a quien no respeta los tiempos largos y pacientes en que se despliega la acción de Dios, a quien pretende que el amor de Dios responde a los deseos humanos de forma rápida, inmediata, súbita, sin dilaciones y superficial. La cruz constituye un obstáculo para quien no tiene el coraje de desprenderse de sí mismo y ponerse en manos del Padre. Se queda en un puro símbolo mudo del dolor para quien no está dispuesto a vivir la solidaridad con Cristo y los hermanos, para quien exige la solución automática de todos los problemas sin prestar su propia colaboración solidaria. Para quien ve en el dolor de los demás un malestar que hay que dejar sobre las espaldas de quienes lo llevan y no una llamada provocativa a la cercanía y a la comunicación fraterna.
La carencia de profundas actitudes espirituales, donde pues, vaciar de contenido el mensaje de la cruz. Entonces, encontramos la cruz en nuestras iglesias, la entronizamos en nuestras casas, la llevamos con nosotros, pero sin tener el coraje de cargar con nuestra cruz junto a la de Jesús.
Y, sin embargo, la cruz sigue estando delante de nosotros. Dios quiere decir algo, si la contemplamos con amor y atraídos por la fuerza del Espíritu que es el don de Cristo crucificado, si la contemplamos con admiración y afecto, se hace significativa, atractiva como el calor y devoradora como el fuego. Se yergue, sin duda, como reto.
Y entonces, nos pide muchas cosas. A nosotros y a nuestras comunidades, a nuestra sociedad, a nuestra cultura y a nuestro mundo, la cruz nos pide que verifiquemos si existen otros caminos distintos del suyo para solucionar los problemas humanos.
La experiencia realista de la vida nos dice que el dolor, el sufrimiento y la muerte llenan de cruces nuestra historia.
Jesús no inventó la cruz; también Él la encontró en su propio camino, como le sucede a todo ser humano. La novedad que Jesús inventó fue la de introducir en la cruz un germen de amor. De esta manera, la cruz se convirtió en camino que lleva a la vida, en mensaje de amor, en fuente de calor que trasforma al hombre: ¡Esto es la cruz de Cristo!
Está cruz nos abraza, en primer lugar, a cada uno de nosotros y nos confía una tarea en nuestra vida personal, en nuestra familia, en el ámbito de nuestras amistades, de nuestros conocidos, donde quiera que encontremos cruces y/o vayamos a encontrarlas. Pienso en tantas familias en quiebra o ya rotas, en tantas enfermedades no aceptadas, en los bloqueos afectivos no resueltos, en los amargos sentimientos y resentimientos que se incuban dentro de las personas. ¡Cuántas de estas cruces suben y bajan por los ascensores de nuestras viviendas, caminan por nuestras calles, van y vienen en nuestros automóviles, pueblan nuestras ciudades!
Con mucha frecuencia son cruces sin nombre y sin esperanza. A veces son cruces malditas o apenas tolerables. Conducen a la desesperación o, a lo más, a la resignación.
Jesús, desde la cruz, nos invita a todos y a cada uno, en este momento, a poner todas estas cruces, y no solo la nuestra, en relación con la suya.
Jesús nos invita a sembrar también en ellas, como lo hizo Él primero, la semilla del amor y de la esperanza.
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, 15 de mayo de 2012