Con una frecuencia cada vez mayor, varios medios de comunicación informan sobre jóvenes y niños suicidas que ponen fin a sus vidas, aduciendo una diversidad de circunstancias problemáticas que los abocan a tomar esta compleja decisión. La pastoral que acompaña los jóvenes y la educación da cuenta, también, de un incremento alarmante de casos dolorosos y aparentemente absurdos, donde el sinsentido acontece como horizonte de vida.
La Secretaría Distrital de Salud en su Política de Prevención de Suicidio (Cfr. “El reto de trabajar en red como estrategia que potencializa la prevención del suicidio, Secretaria Distrital de Salud) da cuenta de un incremento considerable de suicidios en los jóvenes entre los 14 y 25 años en los últimos años, colocando en estas edades escenarios donde los conflictos de pareja, familiares, económicos, con los pares, el duelo, el estudio y las adiciones representan los motivos conocidos del suicidio. Sin embargo, ese mismo informe señala una zona, oscura e inexplorada, donde en más del 60% de los casos se ignora la verdadera causa del suicidio.
Igual de alarmante resulta la impresionante tasa de niños y jóvenes que intentan el suicidio. La relación expresa, que por cada suicidio han acontecido, no en la misma persona, siete intentos de cortarse la vida.
Muchas causas podríamos aludir y seguramente estudios en diversas ramas de la medicina, siquiatría y sicología iluminarán este problema de salud pública. Pero, para educadores y acompañantes de niños y jóvenes los hechos nos interpelan y cuestionan, más allá de un dato médico o sicológico. Las sociedades no pueden ni deben privarse de las búsquedas de respuestas a este flagelo que evidencia problemas mucho más complejos. Las nuevas generaciones, hijas de su cultura, se enfrentan a la atomización del pensamiento, donde el relativismo va cobrando sus víctimas al quitarle piso y colocar en sospecha todo intento de sentido total del hombre.
Vivimos tiempos donde la ausencia de la familia en su rol formativo, las propuestas pedagógicas ancladas en la laxitud, la ausencia de referentes trascendentes en la existencia humana, entre otros, están pasando factura y abocando a los más jóvenes a tomar caminos de evasión y huida, como puede ser el suicidio. Y aunque éste tenga muchas aristas, el hombre sin Dios es como el barco sin brújula que navega al azar, profundamente vulnerable a los avatares de la existencia.
Los más pequeños de nuestra sociedad están asumiendo la vida con bajísima capacidad a la frustración y el fracaso. Muchos modelos de educación familiar y aún escolar, han sobre estimulado la permisividad en detrimento de la exigencia y la firmeza. Los padres aman demasiado a sus hijos, pero lo hacen de tal forma que no favorecen la disciplina y autoridad. Les hacen creer que la vida es un camino de rosas donde sus espinas son meras ilusiones. A los hijos se les protege exageradamente, no se les niega nada y se les priva de herramientas para enfrentar la dura realidad, como es aprender a caer, levantarse, luchar, buscar y perseverar.
Hacemos un llamado, insistente y urgente, por favorecer una educación exigente, formadora de personalidades con solidez de carácter, capaces de enfrentar la vida con tesón y profundidad. También estamos convencidos que el horizonte de Dios, en la vida humana, permite comprenderla como llamado y misión, y logra asumir la existencia desde la perspectiva de la alegría y la construcción constante a pesar de las dificultades naturales. Reiteramos que un hombre sin Dios se avoca a la tiniebla del sinsentido y la desesperanza. Sacar a Dios de la familia, aulas, sociedad, persona puede ser muy moderno y progresista, pero altamente peligroso para la subsistencia humana.
Fuente: El Catolicismo
Carlos Iván Martínez Urrea, Pbro. Delegado Arquidiocesano de Pastoral Universitaria, 13 de marzo de 2012