La dimensión política, constitutiva del hombre, representa un aspecto relevante de la convivencia humana. Posee un aspecto englobante, porque tiene como fin el bien común de la sociedad y no sólo aspectos puntuales para ganar votos.
Pero el bien común no agota la gama de las relaciones sociales: que el Transmilenio, que los humedales, que la movilidad y sinnúmero de dolores que abundan en los foros ciudadanos.
La fe cristiana no desprecia la actividad política -por el contrario, la valoriza y la tiene en alta estima-. La Iglesia, hablando todavía en general, sin distinguir el papel que compete a sus diversos miembros, siente como su deber y derecho estar presente en este campo de la realidad, porque el cristianismo debe evangelizar la totalidad de la existencia humana, incluida la dimensión política. Critica por esto a quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuviesen allí relevancia.
En efecto, la necesidad de la presencia de la Iglesia en lo político, proviene de lo más íntimo del señorío de Cristo que se extiende a toda la vida. Cristo sella la definitiva hermandad de la humanidad, cada hombre vale tanto como otro. “Todos sois uno en Cristo Jesús”.
Del mensaje integral de Cristo se deriva una antropología y teología originales que abarcan la vida concreta, personal y social del hombre. Es un mensaje que libera porque salva de la esclavitud del pecado, raíz y fuente de toda opresión, injusticia y discriminación.
La Iglesia reconoce la debida autonomía de lo temporal, lo que vale para los gobiernos, partidos, sindicatos y demás grupos en el campo social y político. El fin que el Señor asignó a su Iglesia es de orden religioso y, por tanto, al intervenir en este campo no le anima ninguna intención de orden político, económico o social. Precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina.
Interesa especialmente distinguir en este campo de la política aquello que corresponde a los laicos, lo que compete a los religiosos y lo que compete a los ministros de la unidad de la Iglesia, el obispo con su presbiterio.
Deben distinguirse dos conceptos de política y de compromiso político. Primero, la política en su sentido más amplio que mira al bien común, tanto en lo nacional como en lo internacional. Le corresponde precisar los valores fundamentales de toda comunidad, la concordia interior y la seguridad exterior, conciliando la igualdad con la libertad, la autoridad pública con la legítima autonomía y participación de las personas y grupos; la soberanía nacional con la convivencia y solidaridad internacional. Define también los medios y la ética de las relaciones sociales. En este sentido amplio, la política interesa a la Iglesia y por tanto, a sus Pastores, ministros de la unidad. Es una forma de dar culto al único Dios, desacralizando y a la vez consagrando el mundo a Él.
La Iglesia contribuye así a promover los valores que deben inspirar la política, interpretando en nuestro país las aspiraciones del pueblo, especialmente los anhelos de aquellos que una sociedad tiende a marginar. Lo hace mediante su testimonio, su enseñanza y su multiforme acción pastoral.
Segundo, la realización concreta de esta tarea política fundamental se hace normalmente a través de grupos de ciudadanos que se proponen conseguir y ejercer el poder político para resolver las cuestiones económicas, políticas y sociales según sus propios criterios o ideologías. En este sentido se puede hablar de política de partido. Las ideologías elaboradas por estos grupos, aunque se inspiren en la doctrina cristiana, pueden llegar a diferentes conclusiones. Por eso, ningún partido político por más inspirado que esté en la doctrina de la Iglesia, puede arrogarse la representación de todos los fieles, ya que su programa concreto no podrá tener nunca valor absoluto para todos.
Los coqueteos de los candidatos a las diversas iglesias son maniobras electoreras, deben más bien enfatizar el apoyo que ellas pueden dar como criterios de ética y trasparencia en el manejo de lo público. Ojalá que candidatos prometeros sean políticos al servicio del bien común.
Fuente: El Catolicismo
Mons. Fernando Sabogal Viana, 13 de octubre de 2011