En la carta a los Efesios, que Pablo escribe desde la cárcel, se admira el contraste entre la situación de encarcelado en que está el apóstol, es decir, de persona limitada en sus posibilidades de expresión, y la universalidad de la Buena Noticia, el vigor apasionado de su anuncio de salvación universal ofrecida a los paganos.
Llama la atención los verbos de anuncio e iluminación que brotan del corazón de Pablo. Evangelizar, anunciar, hacer que resplandezca, iluminar, manifestar, dar a conocer… estos verbos son expresión de la comunicación constructiva, de la comunicación que conmueve, ilumina, anuncia, abre horizontes, hace que los ojos de quienes la reciben resplandezcan, precisamente porque se hace teniendo en el corazón un proyecto y una referencia de carácter universal.
Podemos formularnos ahora esta pregunta; ¿toda comunicación, predicación, sermón, homilía, es de por sí constructiva?
Con el término “comunicación” indicamos, de ordinario, algo positivo, que viene precisamente de su raíz, “comunión”, “poner en común”, poner en común las riquezas, los dones, las facultades, el afecto, la pasión, el entusiasmo… Hay cierta comunicación que manifiesta sencillamente la vulgaridad o la mezquindad del que habla, es el caso de la blasfemia dicha en público, sobre todo cuando no hay posibilidad de réplica o de reacción.
Pero quizá el caso más frecuente es el de la comunicación que difunde tristeza, amargura o escepticismo. No digo que estos sentimientos no sean también componentes de la vida humana, pero si se ponen como horizonte único de la comunicación, sólo producen amargura o resignación.
La comunicación constructiva de la que habla Pablo es aquella que, aún cuando por amor a la verdad deban referirse noticias desagradables y negativas, mantienen siempre un fondo, un horizonte, un ideal constructivo.
¿Es posible la comunicación de una buena noticia entre los hombres y mujeres de una comunidad?
A veces la cuestión se plantea en el plano de la cultura, y más concretamente de las diferentes culturas y de los distintos lenguajes de la experiencia humana, que se marginan unos a otros o chocan entre sí en una misma comunidad, sin intentar comprenderse.
Quizá el problema se plantea con mayor dramatismo sobre la realidad diaria de una comunidad: ¿Es posible comunicarse de verdad en clave interpersonal entre los miembros de una misma comunidad?
Tenemos una incontenible necesidad de verdadera y auténtica comunicación entre nosotros y entre la comunidad.
Necesitamos aprender de nuevo el arte de la comunicación constructiva y reencontrar sus raíces, que se hunden en el corazón y en la necesidad más radical de la persona. Partiendo de estos valores profundos de la persona, en cuanto distintos de los valores del tener, del hacer, del poder, es como se hace posible reabrir los canales de la comunicación entre las personas y en la comunidad.
Ningún ser humano es una isla, nadie es capaz de separar perfectamente lo suyo de lo del otro, lo que es él de lo que son los demás.
El tejido de la vida contemporánea, que parece tan vivo y dinámico a primera vista, oculta entre sus tejidos muchas historias humanas marcadas por el sufrimiento, la huelga forzosa, la marginación y la soledad. Debemos tener el coraje de ponernos en comunicación con estas situaciones, porque lo que las hace especialmente dolorosas no es simplemente la carga de sufrimiento que gravita sobre ellas, sino que esa carga se convierta en inhumana, es decir, que pase inadvertida, que no sea conocida y compartida por los hermanos que no esté inserta en los cauces de la comunicación humana en la comunidad.
La comunión en Cristo es la inesperada y trascendente marca que subyace a las diversas formas de comunicación humana, es la fuente inagotable de nuevas y continuas formas de comunicación; es el exigente paradigma con el que la comunidad cristiana, parroquial debe medirse y renovar su propio comportamiento respecto de sus formas de acogida, en la catequesis, en la vida litúrgica, y la valoración que hace de los carismas.
La comunión en Cristo es fuente de unidad y garantía de una diversidad beneficiosa. En virtud de ella “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni hembra, de vosotros hacéis todos uno, mediante el Mesías Jesús” Pero, al mismo tiempo, nosotros por ser muchos, unidos a Cristo formamos un solo cuerpo, tenemos carismas diferentes según el don que Dios nos ha hecho para escuchar.
Fuente: El Catolicismo
Mons. Fernando Sabogal Viana, 13 de octubre de 2011