Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Este cambio epocal y estos cambios socio culturales representan nuevos desafíos, tanto para la iglesia como para sus presbíteros en el ejercicio del ministerio.
En el contexto actual los cambios culturales adquieren dimensiones inéditas y complejas porque se amalgaman elementos de una sociedad tradicional, presentes, sobre todo, en el vasto mundo rural marginado y excluido, y rasgos de la cultura moderna y postmoderna, presentes especialmente en las grandes urbes con sus contrastes y lacerantes desigualdades.
En efecto, al contemplar el panorama socio-cultural actual se aprecia cómo los paradigmas de la sociedad premoderna e incluso de la cultura industrial conviven con la cultura del conocimiento y de la información productos de la ciencia y la técnica. Estos cambios culturales, de los países desarrollados, han venido aconteciendo a lo largo de cuatro siglos, pero en las jóvenes naciones latinoamericanas irrumpe de un solo golpe, ofreciendo una situación verdaderamente compleja y desafiante para el compromiso misionero del presbítero que le exigen lucidez, discernimiento y audacia.
Esta nueva realidad suscita nuevos acentos o rasgos en la configuración del perfil sacerdotal, tales como: un hombre del mundo compenetrado de la cultura contemporánea, serenamente crítico de la realidad en la que vive y sinceramente dialogante en un mundo más democrático y pluralista, auténticamente humano de modo que nada humano le sea ajeno, entrañablemente espiritual como hombre impulsado por el Espíritu, impregnado del verdadero sentido de Dios. Además, todo un hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades.
Muchas cosas han cambiado en la sociedad. Estos cambios son profundos porque dan origen a nuevas culturas, las cuales van imponiendo un nuevo lenguaje y una nueva simbología que exigen del presbítero apertura a nuevos valores y nuevas sensibilidades sobre todo en su relación con los jóvenes, los pobres, la mujer y la ecología.
Esta realidad, a todas luces nueva, demanda la presencia de un presbítero con la capacidad de la sensibilidad para saber interactuar con esos nuevos sujetos y leer, discernir, interpretar esos nuevos estilos de vida, de modo que se pueda sembrar la semilla del evangelio en los procesos mínimos de esta transformación cultural.
En la sociedad actual coexisten binomios que la desafían cotidianamente: tradición-modernidad, globalidad-particularidad, inclusión-exclusión, personalización-despersonalización, lenguaje secular-lenguaje religioso, homogeneidad-pluralidad, cultura urbana-pluriculturalismo. Estos desafíos aumentan la complejidad del momento actual para el cual el presbítero no está debidamente preparado. Es necesario ponerse en actitud de aprendizaje y de apertura a esas nuevas realidades que requiere un talante, una capacidad de mente serena y abierta, siempre disponible al diálogo y respetuosa de lo diverso. Actitudes autoritarias, generarían una lamentable fractura entre el pastor y su pueblo, entre el presbítero y su entorno cultural, entre la iglesia y la cultura.
Ciertamente la revolución tecnológica y los procesos de globalización van configurando el mundo actual como una gran cultura mediática. Este fenómeno exige una gran capacidad para reconocer los nuevos lenguajes, las nuevas sensibilidades, los nuevos valores que pueden ayudar a una mayor humanización de la sociedad global. El presbítero con una viva conciencia misionera no puede ser indiferente ni mucho menos desconocer esa realidad.
Es Jesús quien llama a emprender esa travesía hacia la otra orilla, que no es nada fácil, como no lo fue para los discípulos. El llamado de Jesús es para enfrentar los desafíos de la experiencia misionera en el nuevo contexto cultural de hoy, que ponen a prueba a través de la fe y la solidez del encuentro personal con Él. El compromiso misionero del presbítero implica la capacidad de salir desde la comodidad de la propia orilla conocida hacia la otra orilla desconocida para compartir el don del encuentro con Cristo que da un verdadero sentido a la vida. Esa experiencia pone a prueba el dinamismo de la esperanza que lo sostiene y la profundidad de la experiencia de Dios que va aquilatando en el ejercicio de su ministerio.
(Medellín, Víctor M. Ruano)
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, 30 de junio de 2010