Antes de las elecciones presidenciales, los candidatos en diversos foros han planteado sus futuras promesas para cautivar a los electores.
Desde la construcción de miles de viviendas populares, agua para todos los municipios, servicios públicos a poblaciones olvidadas, carreteras en distintas zonas del país, educación gratuita, construcción de colegios, subsidios al campo, relaciones amistosas con países vecinos, promoción de los estudios superiores, empleo en todo nivel, protección a las mujeres cabeza de hogar, atención a las comunidades indígenas y afrocolombianas, proyectos de salud integral, continuar con la seguridad democrática, fortalecer las fuerzas armadas, ser los salvavidas del país.
Poco se habla del derecho a la vida en todas sus etapas, del derecho de los pobres, de la presencia de los padres de familia en las instituciones educativas.
Frente a problemas de corrupción se declaran enemigos de tal lacra, pero a veces en sus listas surgen personajes de dudosa calidad.
En busca de la igualdad, no se menciona el escándalo de los honorarios de los congresistas que aspiran a llenar sus bolsillos con millones de pesos frente al sueldo mínimo de un trabajador.
La violencia piensan tratarla con el diálogo y ante el narcotráfico no tienen políticas concretas.
En fin, muchas promesas.
La Constitución Política de Colombia prevé para los electores y electoras el derecho de hacer seguimiento a los programas de los elegidos para presidir los destinos de país, a través del voto programático, recogidos de la siguiente manera: Quienes eligen gobernadores, alcaldes o presidente, imponen por mandato al elegido el programa que presentó al inscribirse como candidato. La ley reglamentará el ejercicio de voto programático (Artículo 259).
La reglamentación del voto programático permitiría a los ciudadanos y ciudadanas hacer el tránsito de un mandato sin responsabilidad, abstracto y finalmente irresponsable ante sus electores, a un mandato preciso, con obligaciones delimitadas y con una clara relación, de responsabilidad entre el elector y elegido.
Se trata de que los candidatos a la presidencia, en el momento de su inscripción, no solamente inscriban su nombre a consideración de los electores, sino también los lineamientos básicos de su programa de gobierno, y la gestión como mandatario nacional, debe orientarse fundamentalmente a cumplir con dicho programa y proyectos de acción, lo que fue su compromiso frente al electorado.
Una sociedad enferma moralmente necesita una renovación profunda empezando por los candidatos y es precisamente colocar criterios morales a la cantidad de promesas y fallas en el juego sucio que llevan a enfrentamientos inútiles.
Nosotros los cristianos hemos celebrado antes de las elecciones presidenciales la gran fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, la fuerza de Dios capaz de sanar los corazones de los hombres y mujeres para conducirlos a la construcción de una sociedad más humana y solidaria
Por eso, hemos orado por los candidatos para que los haga cercanos a los pobres ya que Él es Padre amoroso del pobre.
Al derecho al trabajo digno que los candidatos deben propiciar, hemos pedido al Espíritu descanso en el esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Hemos implorado al Espíritu, para que los candidatos sean sanados sus corazones enfermos por el poder, lavadas las manchas, hemos implorado que infunda la justicia en su corazón, para que dome los espíritus indómitos y los guíe por el sendero de bien común.
Fuente: El Catolicismo
Mons. Fernando Sabogal Viana, 31 de mayo de 2010