Hoy resulta evidente que la tradición -y la experiencia religiosa, que es su núcleo fundamental- no se transmite más con facilidad de generación en generación. ¡Todo lo contrario! Muchos esfuerzos realizados en catequesis diferenciadas se han revelado poco “eficaces”. Para muchos jóvenes adultos la preparación para el Sacramento de la Confirmación es el preludio al abandono de la práctica cristiana.
Formar discípulos misioneros es una ardua tarea. En efecto, impresiona la fuerza con la que reiteradamente Benedicto XVI se refiere a una “emergencia educativa”. Hoy resulta evidente que la tradición -y la experiencia religiosa, que es su núcleo fundamental- no se transmite más con facilidad de generación en generación. ¡Todo lo contrario! Muchos esfuerzos realizados en catequesis diferenciadas se han revelado poco “eficaces”. Para muchos jóvenes adultos la preparación para el Sacramento de la Confirmación es el preludio al abandono de la práctica cristiana.
Se mantiene arraigado, vivo y resistente el tesoro de la piedad popular, pero a menudo tiende a empobrecerse en sus contenidos intelectuales y vitales.
Entre nosotros han surgido diversos métodos o itinerarios: PDR; SINE; Proceso Catecumenal; Planeación Estratégica; Ver – Juzgar - Actuar; Proceso Formativo por Objetivos.
Ello implica repensar a fondo la iniciación cristiana, sea del Catecumenado Bautismal para niños, jóvenes y adultos, sea de un Catecumenado postbautismal para todos aquellos que han recibido el Bautismo pero que lo han dejado por tiempo sepultado bajo una capa de indiferencia u olvido. Incluye también una catequesis permanente, una educación en la fe, un proceso de formación cristiana en todas las etapas de la vida. Se propone, pues, elaborar en las Diócesis el “eje central” de un proyecto orgánico de formación aprobado por el Obispo y elaborado por los organismos competentes, teniendo en cuenta todas las fuerzas vivas de la Iglesia Particular, entre las que se mencionan los métodos, las asociaciones, servicios, movimientos y pequeñas comunidades.
No puede tratarse, por cierto, de un proyecto elaborado e impuesto desde las oficinas eclesiásticas, sino capaz de reconocer, respetar y aprovechar las más diversas experiencias, los procesos diversificados en los ritmos comunitarios, continuos y graduales.
Los Obispos, son los primeros responsables de la educación en la fe. Las Iglesias Particulares tienen la posibilidad, podría incluso decirse la necesidad, de enriquecer sus itinerarios de formación cristiana gracias a la experiencia reconocida y probada en este campo de los métodos y las nuevas comunidades. Benedicto XVI destacó, sobretodo, su realidad de “escuelas” de vida verdadera, de libertad y de comunión. ¿Qué otra cosa son éstas realidades sino métodos, itinerarios, caminos de educación de las personas en la fe de la Iglesia? La experiencia de estos métodos, movimientos y comunidades es preciosa riqueza a invertir en comunidades cristianas, en las iglesias locales, en todos los ámbitos y programas en que se forman discípulos y misioneros.
Este aporte de los métodos, movimientos y nuevas comunidades, como respuesta a la “emergencia educativa” pasa a través de diversas facetas de sus experiencias. La primera de ellas es que se trata de ámbitos en los que se confiesa la fidelidad a Cristo y al magisterio de la iglesia. El segundo aspecto a tener presente es que la experiencia educativa a través métodos, movimientos y nuevas comunidades está expresada cabalmente en el texto de Aparecida que recuerda “que el itinerario formativo del cristiano, en la tradición más antigua de la Iglesia, ha sido una “catequesis mistagógica”, es decir, que tuvo siempre un carácter de experiencia, en la cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos”.
Hoy día, la mera exposición y dicción de la doctrina cristiana, y menos aún, de los valores cristianos, no inciden en profundidad la libertad de la persona, no sacude su inteligencia, no mueve su corazón. Gracias a sus carismas en cuanto métodos, caminos, los movimientos y nuevas comunidades hace que la radicalidad del Evangelio, el contenido objetivo de la fe y el flujo de la tradición católica se conviertan en la experiencia personal vivida en las condiciones culturales del presente. En estas experiencias de educación en la fe a través de métodos y movimientos, importa, que la transmisión de la fe cristiana no se haga en modo desconectado de los intereses vitales de la persona.
Esta pedagogía de formación cristiana impartida a través de métodos, movimientos y nuevas comunidades implica aún un paso más: no sólo la atención hacia la separación del divorcio entre la fe y la vida, sino el ir forjando una sensibilidad, inteligencia y mentalidad cristianas para afrontar todas las dimensiones de la vida personal y social, para discernir, juzgar y transformar toda la realidad.
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, 18 de mayo de 2010