“La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres”, pero el trabajo político no es de su competencia inmediata. Son los laicos católicos los que deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública.
“La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres”, pero el trabajo político no es de su competencia inmediata. Son los laicos católicos los que deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública, presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias. Dado que conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas, S.S. Benedicto XVI piensa ante todo en destacar que los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su visión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política.
En estas nuevas circunstancias históricas en las que el país ha entrado nuevamente en una fase de turbulentas políticas, tensas y críticas transformaciones, y en las que se plantean no pocas insidias y desafíos a la tradición católica de nuestro pueblo, urge la gestación de una nueva generación de líderes católicos, en arraigada comunión eclesial, que hagan presente en todos los areópagos de la vida pública del país el anuncio del Evangelio, la fuerza revolucionaria y constructora de la caridad, la inteligencia de problemas, desafíos y caminos a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. Urge, sí, formar, acompañar y alentar nuevos protagonistas, auténticos discípulos y misioneros, que, con su presencia coherente, competente y valiente se dispongan a generar nuevas formas de vida y abrir nuevos caminos de convivencia, promotores de justicia, equidad y paz, arriesgando la propia libertad y responsabilidad. El Documento de Aparecida indica grandes tareas ineludibles para un renovado proyecto histórico en nuestro país: la educación, salvaguardia y promoción de la dignidad trascendente de la persona humana; la custodia del don de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, contra todos los atentados y amenazas; la defensa y promoción de la verdad, bondad y belleza del matrimonio y la familia en la reconstrucción de vínculos de pertenencia y responsabilidad en el tejido humano y social; la inversión prioritaria en una educación de calidad para todos, en un crecimiento de humanidad; el amor y solidaridad preferenciales y efectivos con los pobres y sufrientes; la búsqueda de nuevas vías de desarrollo con mayor equidad, para ir superando la brecha entre los beneficiados, los desamparados y marginados en el proceso de globalización; un intenso crecimiento económico respetuoso de la ecología natural y humana; la inclusión en el trabajo, la cultura y el destino societario de todos los componentes étnicos y sociales, especialmente los más marginados como los indígenas y los afro-americanos; la creación, dignificación y modernización del trabajo para todos y el despliegue de la empresarialidad, en la realización efectiva del señorío y la destinación común de los bienes; las reforma de la política para reconocer su más profundo fundamento y dar más sólida consolidación y participación a la democracia en el respeto y promoción de los derechos naturales y libertades fundamentales de la persona humana y de los pueblos, al servicio del bien común; la afirmación de una laicidad positiva, más allá del fundamentalismo y el relativismo en el que se reconozca plenamente la contribución fundamental de la Iglesia Católica en la vida pública del país; la promoción de actitudes y procesos de reconciliación, justicia y perdón, como constructores de paz contra toda violencia; la paciente y esperanzada tarea histórica de cooperación, integración de pueblos hermanos en una patria común, sin exclusiones ni discriminaciones, abierta a los intercambios solidarios con todos los pueblos y naciones de la comunidad humana.
Sólo así los movimientos eclesiales serán escuelas de vida verdadera.
(cf. Testigos de Aparecida. Germán M. Carriquiry).
Fuente: Redacción
Mons. Fernando Sabogal Viana, 04 de mayo de 2010