El Caminante Pascual que acompaña el caminar desde Emaús prolonga su itinerario para iluminar también la situación social de los pueblos. A la luz de su discernimiento podemos contemplar la situación actual de nuestra patria.
Estamos en vísperas de un nuevo proceso electoral, las elecciones presidenciales, para construir un país más justo y equitativo.
A la luz del Resucitado se comprende que el compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás. A los aspirantes a la Presidencia de Colombia se les invita a que busquen el bien común con espíritu de servicio, el desarrollo de la justicia con la atención particular a las situaciones de pobreza y sufrimiento, el respeto de la autonomía de las realidades terrenas, el principio de subsidiaridad, la promoción del diálogo y la paz en el horizonte de la solidaridad; éstas son las orientaciones que deben inspirar la acción política de los candidatos.
Todos los aspirantes y más aún si son creyentes, en cuanto titulares de derechos y deberes cívicos, están obligados a respetar estas orientaciones. Quienes desempeñan tareas directas e institucionales en la gestión de las complejas problemáticas de los asuntos políticos, ya sea en las administraciones locales o en las instituciones nacionales, deberán tenerlas especialmente en cuenta.
Los cargos de responsabilidad en las instituciones sociales y políticas exigen a los candidatos un compromiso riguroso y articulado, que sepa evidenciar, con las aportaciones de la reflexión en el debate político, con la elaboración de proyectos y con las decisiones operativas, la absoluta necesidad de la componente moral en la vida social y política. Una atención inadecuada de los candidatos a la dimensión moral conduce a la deshumanización de la vida asociada y de las instituciones sociales y políticas, consolidando las “estructuras de pecado”.
Para un candidato honesto que debe vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia, no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana.
En el contexto del compromiso político de la persona honesta y más si es cristiana, requiere un cuidado particular, la preparación para el ejercicio del poder especialmente cuando sus conciudadanos les confían este encargo, según las reglas democráticas. El ejercicio de la autoridad de un futuro candidato debe asumir el carácter de servicio, se ha de desarrollar siempre en el ámbito de la ley moral para lograr el bien común; quien ejerce la autoridad política debe hacer converger las energías de todos los ciudadanos hacia este objetivo, no de forma autoritaria, sino valiéndose de la fuerza moral alimentada por la autoridad.
El compromiso político de los candidatos cristianos y de no creyentes con frecuencia se pone en relación con la “laicidad”, es decir, la distinción entre la esfera política y la esfera religiosa. Esta distinción es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado. La doctrina moral católica, sin embargo, excluye netamente la perspectiva de una “laicidad” entendida como autonomía respecto de la ley moral.
En efecto, la “laicidad” indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una.
Buscar sinceramente la verdad, promover y defender con medios lícitos las verdades morales que se refieren a la vida social, la justicia, la libertad, el respeto de la vida y los demás derechos de la persona, es un derecho y un deber de todos los miembros de una comunidad social y política y con mayor razón de los candidatos a la Presidencia.
El principio de “laicidad” conlleva el respeto de cualquier confesión religiosa por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas, de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la nación.
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, 19 de abril de 2010