Ya empiezan a aparecer las vallas con las fotos retocadas de los aspirantes a las corporaciones legislativas.
Cada uno coloca el nombre de su patrón y se destaca la feria de colores: rojo, azul, amarillo, verde, blanco.
Serán siempre los mismos... sí, pero ahora aspiran subir otro grado, de concejal a representante, de representante a senador. El dolor de cabeza de algunos aspirantes es lograr estar en los tres primeros de la lista y eso depende del bolígrafo del candidato presidencial so pena de salir descabezado. Y salen reclamos, estaba en el número 2 y me bajaron al 12 y ya se siente que no va a clasificar.
Se han realizado consultas internas en los diferentes partidos para escoger candidatos a la presidencia y por supuesto les interesa tener suficientes fuerzas en el congreso.
A lo anterior se debe añadir la posibilidad de alianzas frente a la tercera reelección del actual presidente.
Ahora bien, abundan las ofertas para cautivar al electorado: habrá empleo, salud integral para todos, vivienda de interés social, mejora para el campesino, cobertura educativa y gratis. Poco se habla de sanear los vicios de corrupción, de austeridad en los sueldos frente a la pobreza de la mayor parte de los colombianos.
Ante esta realidad y tal diversidad es necesario un gran discernimiento, es un deber ciudadano ejercer el voto, y escoger entre los buenos y honestos, que los hay, que manifiestan que su vocación como político es servir al bien común para todos superando todo sectarismo y favoreciendo de manera especial a los más pobres.
La persona humana es el fundamento y el fin de la convivencia política. Dotado de racionalidad, el hombre es responsable de sus propias decisiones y capaz de perseguir proyectos que dan sentido a su vida, en el plano individual y social. Por ser una criatura social y política por naturaleza, la vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental, sino una dimensión esencial e ineludible.
La comunidad política encuentra en la referencia al pueblo su auténtica dimensión. El pueblo no es una multitud amorfa, una masa inerte para manipular e instrumentalizar, sino un conjunto de personas, cada una de las cuales en su propio puesto y según su manera propia tienen la posibilidad de formar su opinión acerca de la cosa pública y la libertad de expresar su sensibilidad política y hacerla valer de manera conveniente al bien común.
Por tanto, al considerar a la persona humana como fundamento y fin de la comunidad política, significa trabajar ante todo, por el reconocimiento y el respeto de su dignidad mediante la tutela y la promoción de los derechos fundamentales e inalienables del hombre. En la época actual se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana. En los derechos humanos están condensadas las principales exigencias morales y jurídicas que deben presidir la construcción de la comunidad política.
El significado profundo de la convivencia civil y política no surge inmediatamente del elenco de los derechos y deberes de la persona. Esta convivencia adquiere todo su significado si está basada en la amistad civil y en la fraternidad. La amistad civil, es la actuación más auténtica del principio de fraternidad, que es inseparable de los de libertad e igualdad.
Desde nuestra fe de creyentes nos corresponde iluminar las conciencias para que la verdad y la justicia guíen a los candidatos para erradicar toda mentira y actuar valientemente para defender la vida humana y la dignidad de las familias de leyes perversas.
Confiamos y oramos al Señor de la paz, Jesucristo, para que la responsabilidad de los votantes, efectivamente contribuya a sanear las costumbres políticas y crear una moral pública para beneficio de nuestro país. De cada uno de nosotros, por encima de partidos y tendencias, propagandas y halagos, depende situar como valor inalienable la dignidad humana del hombre y de la mujer.
Fuente: El Catolicismo
Fernando Sabogal Viana, Mons., 22 de febrero de 2010