En la Navidad celebramos la Encarnación del Hijo de Dios; con su Encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre.
En realidad, la identidad del hombre solo se esclarece en la identidad del Verbo Encarnado, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, le descubre la sublimidad de su identidad.
En esta Navidad y en el nuevo Año, ¿cómo hacer visible esa identidad cuando los enfrentamientos políticos inundan los espacios de la ciudad ?
El desafío es redescubrir: En un mundo tan complejo ¿Cómo redescubrir nuestra identidad cristiana?
Ser cristianos es descubrir que estamos habitados por Dios en medio de una nación agobiada políticamente, en extrema pobreza, con grandes incoherencias religiosas y dejarnos impulsar por ese descubrimiento a hacer una opción por la vida, la libertad, la misericordia y el amor.
Es una manera de ser, de vivir, de relacionarse, que al renovar el vínculo con el Dios que nos habita podemos dar frutos de humanidad: amor y perdón a los enemigos.
Es ser, como Jesús, hombres y mujeres profundamente sensibles: que contemplamos los pájaros que no mueren de hambre, a los lirios del campo vestidos de manera más espléndida que Salomón en toda su gloria, que aceptamos que los niños se nos acerquen para jugar con ellos, que somos buenos amigos, que disfrutamos en la mesa sencilla con ellos.
Es ser libres, desapegados y despegados de la riqueza, del poder, de todo aquello que pueda detenernos en el camino de amar, de servir, de compartir, de caminar siempre.
Es conmovernos hasta las lágrimas con la situación dolorosa de quienes no tienen con qué comer o vestirse, de conseguir un techo o están presos. Es no ocultarse para llorar frente a la tumba de los seres queridos.
Es ser alegres y tener, como Jesús, un rostro risueño siempre. Es ser valientes y lograr desterrar el miedo a la crueldad, a la violencia, a la muerte, a la traición. Es saber que nos pueden matar el cuerpo pero jamás el alma.
Es liberarnos de una imagen atroz de Dios, y aprender de Jesús que Dios es Padre amoroso dispuesto siempre a darnos todas las oportunidades que sean necesarias, a darnos un abrazo cuando regresamos después de haber abandonado la casa y dilapidado todos los dones que nos ha regalado.
Es descubrir la importancia de devolver a la mujer la dignidad respetándola desde el pensamiento.
Es, como Jesús, ser capaces de enfrentar a las autoridades políticas y religiosas cuando se dobleguen ante el egoísmo y el abuso del poder.
Es ser capaces de encender una luz en medio de un mundo lleno de dudas, de pérdidas del sentido, de traición a la acción interior de Dios que crea y recrea humanidad en permanencia.
Es, como Jesús, descubrir que lo importante no es el culto en los templos sino en espíritu y en verdad.
Es aceptar que el conocimiento más importante es el del corazón cuando se encuentra despojado de ataduras porque puede ver a Dios.
Es descubrir que somos como ramas que brotan del árbol. Que Dios, entonces circula por nuestra vida como la savia que da vida y produce frutos.
Es descubrir que Dios no tiene límites en su perdón y que no guarda la lista de nuestros errores.
Es aceptar el mensaje de Dios que nos dice que valemos la pena, que somos importantes, que la autoridad es legítima cuando está al servicio de todos. Que no nos hicimos para la ley sino que la ley se hizo para nosotros.
Es no entregarnos al dinero y señalar con mucha claridad que éste puede llegar a ser el mayor obstáculo para entender el verdadero sentido del amor y de la convivencia.
Es tener claro que no somos más porque nos alaben y menos porque nos vituperen.
Es saber que la esperanza no tiene límites porque su horizonte es inconmensurable.
Es tener la capacidad de encontrar hombres y mujeres maravillosos gracias a los cuales podamos como Jesús, creer en la humanidad, en la amistad y formar comunidades que sean en medio de la sociedad: luz, levadura y sal.
Finalmente, es celebrar siempre la vida que se despierta permanentemente gracias a los sacramentos.
Qué alegría descubrir nuestra verdadera identidad cristiana en medio de la ciudad; es una nueva Navidad, Cristo Señor de la historia y del tiempo camina con nosotros.
Fuente: El Catolicismo
Monseñor Fernando Sabogal Viana, 14 de diciembre de 2009