La palabra identidad viene del latín “indentitas”, que significa “lo mismo”. La identidad refleja el ser de un pueblo o de una persona, su razón de ser, su esencia y lo que es; lo que lo diferencia y/o lo une con los demás.
Cómo podemos responder a la pregunta ¿Quién soy yo? La identidad comienza por la respuesta que cada uno de nosotros haga a esta pregunta. Estas características personales, diferentes a las de los demás, nos llevan a afirmar que hay múltiples identidades personales. En una ciudad reconocemos diferentes identidades con características propias de cada una de esas diferentes maneras de ser y de vivir.
¿Qué es la identidad de género? Todos tenemos un conjunto de características que hemos asumido como propias de nuestra identidad masculina o femenina, según sea nuestro sexo biológico. Todas fueron lenta, laboriosa e imperceptiblemente aprendidas e incorporadas durante nuestro proceso de educación, mediante exigencias y prohibiciones, las expectativas sobre nosotros, las tareas que se nos asignaban, así como la valoración, los límites y las oportunidades diferenciales que se nos daban dependiendo del sexo con el que nacimos. También fuimos construyendo la idea de lo que deberían ser las relaciones entre hombres y mujeres, mediante la imitación y apropiación de los particulares usos y manejos del lenguaje, de la comunicación y del poder que observábamos tanto en los adultos como en nuestros educadores. Todo esto ocurría de manera privilegiada dentro de la familia, en el colegio y la iglesia.
Aprendimos qué era ser hombre y qué era ser mujer. Somos sujeto hombre y sujeto mujer. Pero en este tiempo las certezas sobre masculinidad y feminidad se han venido tambaleando. Asistimos a notables cambios en las formas de ser, sentir, pensar, y actuar de las mujeres, lo cual produce cambios en las de los hombres, igualmente hay cambios en las formas de ser, sentir, pensar y actuar de los hombres. Las mujeres han sido las primeras en cuestionar el paradigma tradicional de feminidad. Se han dado a la tarea de construir una nueva identidad femenina. Esto nos desconcierta sin duda, a los hombres, puesto que nos enfrenta a una situación desconocida. Perdemos el control, no sabemos como actuar. Nuestro papel tradicional como seres masculinos: proteger, proveer, conducir, dominar, se transforma. Tenemos entonces que repensar nuestra masculinidad.
Partiendo del principio enunciado más arriba de que todos tenemos una doble dimensión, masculinidad y feminidad, tenemos que empezar a aprender a comprendernos como seres armónicos que desarrollan esa doble dimensión, cada uno desde la identidad que le es propia según su sexo biológico.
Los hombres tenemos que aprender a reconocer que sentimos muchas clases de miedo, que no tenemos todas las respuestas, que frecuentemente nos equivocamos, que necesitamos de los demás, que no nos bastamos a nosotros mismos. Las mujeres han comenzado a descubrir que es propio de ellas hacerse cargo de su propia vida, tomar decisiones trascendentales, asumir riesgos, enfrentar el miedo que ello conlleva. Asumen las molestias que implica el proceso de toma de decisiones, incertidumbres, miedo, valor para superar, responsabilidad y entereza suficiente para enfrentar la vida contando sólo con sus propios recursos y posibilidades. Esto hace que la mujer vaya haciendo su tránsito de ser subordinada y mutilada a ser autónoma e integral.
La identidad de género es el hallazgo de las virtualidades propias de cada dimensión de masculinidad y feminidad. Supone que uno se ubica en su propia identidad sexual biológica y desde allí desarrolla armónicamente su totalidad.
Así, por ejemplo, la identidad de género de la mujer si bien renuncia al estereotipo de mujer sumisa, pasiva, resignada, débil, dependiente, subvalorada, objeto para el placer de otros, sacrificada y olvidada de sí misma, no debe renunciar a su particular y variada forma de acercarse, comprender, y aprehender la realidad que incluye también la aproximación racional. No debe renunciar a su ternura y su sensibilidad. Debe mantener su capacidad de solucionar negociadamente las situaciones conflictivas. Debe permitirles a sus hijos e hijas la posibilidad de gozar su maternidad. No se trata de feminizar a los hombres ni de masculinizar a las mujeres. La vida se construye con el aporte de mujeres y hombres, convertidos en sujetos humanos que incluye la identidad de género dentro del desarrollo integral de su doble dimensión.
Ser hombre y mujer cristianos es descubrir que estamos habitados por Dios en medio de una nación agobiada políticamente, en extrema pobreza, con grandes incoherencias religiosas. Y dejarnos impulsar por ese descubrimiento a hacer una opción por la vida, la libertad, la misericordia y el amor.
(Escuela de Paz y Convivencia).
Fuente: El Catolicismo
Mons. Fernando Sabogal Viana, 01 de diciembre de 2009